viernes, 26 de agosto de 2016

DE VUELTA A CASA, Laura Valdez

—Señores pasajeros, bienvenidos a España. Si usted está de regreso, queremos desearle una bella vuelta a casa. Por el contrario, si es la primera vez que visita nuestro país…
La mujer miró por la ventanilla del avión y se preguntó en qué categoría entraría su llegada al país que la vio nacer. No sentía que fuera una bienvenida, había vuelto obligada por las circunstancias después de haber jurado, una y mil veces, que jamás volvería a su terruño.
***
—No puedes, Patricia, no puedes ignorar que papá se está muriendo.
—¿Me lo decís en serio, Alberto? ¿De verdad pretendes hacerme volver apelando a mi deber de hija? ¿Es necesario que te recuerde que papá me echó como un perro sarnoso de nuestra familia? ¿Es necesario decir que no se me permitió volver a ver a mi madre, mi hermano ni al ser que más amé en esta vida…?
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas y la voz se cascó en su garganta.
—No me pidas esto, Alberto, te lo suplico. No me creo capaz de volver.
—Pero tendrás que hacerlo, hermanita. La familia te necesita ahora más que nunca. Por favor, no dejes que papá muera pensando que aún lo odias.
—Es que lo odio.
—Por favor, hermana mía…
La conversación duró aún varios minutos. Cuando colgó el teléfono, Patricia ya tenía anotado el número de vuelo que su hermano había reservado para ella.
***
Al bajarse del tren sintió que el suelo se abría bajo sus pies y que era imposible sostenerse sobre sus piernas. Intentó reconocer algo de lo que estaba viendo, pero le resultó inútil. La brisa del Mediterráneo acarició suavemente su rostro y, a sus oídos, llegaron los suaves sonidos de las olas que morían en la playa; esa caricia y esos ecos no eran como los de antaño. El pueblo de su infancia ya no existía; en su lugar, se levantaba una bellísima y moderna ciudad.
Hacía cuarenta años que había abandonado el lugar, despreciada por su padre, aborrecida por la sociedad, ahogando a su madre y a su hermano en el mayor de los dolores y dejando en el olvido al único hombre que amaría jamás. No tuvo opción, le arrebataron todo y la enviaron al otro lado del mundo, al sur de América, con unos parientes que nunca había visto, a pagar una condena que no se merecía. Su única culpa había sido amar.
La imagen del pueblo había quedado grabada en su memoria; cada día, por horas, minutos o segundos, todo su pasado le caía encima y la hacía preguntarse por qué no volvía a buscar lo que era de ella. Cada día, entonces, el miedo y la culpa la alejaban del regreso y la hacían jurarse que nunca volvería. Cuarenta años después, parada en la estación de trenes, no podía evitar el profundo extrañamiento que le producía el lugar.
A lo lejos, vio aparecer una figura; era un mendigo sucio y maloliente que deambulaba por el lugar. Patricia trató de alejarse, pero no fue lo suficientemente rápida y el hombre se acercó hasta ella
—Buenos días, guapa, ¿no tiene algo que pueda compartir conmigo?
Ella lo miró con curiosidad, la mirada derrotada y el rostro curtido calaron en lo más profundo de su alma.
—Lo siento, amigo. No tengo nada, estoy esperando que  vengan a buscarme.
—Esperar, esperar… Hace años que espero… Y el milagro se resiste —dijo el hombre, y volvió sobre sus pasos.
A los pocos minutos llegó su hermano a buscarla. El encuentro fue indescriptible; fundidos en un abrazo eterno, pretendieron recuperar el tiempo y la distancia, aunque lo sabían imposible.
—Sigues siendo la mujer más bella que he visto.
—No seas zalamero, a todas les dirás lo mismo —rio la mujer, y volvió a apretarse a su hermano, tratando de borrar toda la ausencia de esos años.
Juntos, se encaminaron a su casa.
***
—Patricia ¿dónde estás? —gritó la madre, asomándose al jardín soleado y cálido de aquel 20 de junio— ven adentro, debemos prepararnos para la fiesta, niña.
La joven, trató de escabullirse de los brazos de su amado, pero no le fue posible. Federico la abrazaba con fuerzas, casi con miedo de perderla. Estaban ocultos en la inmensa glorieta del jardín, el perfume de los jazmines inundaba el lugar y ambos se sentían en el paraíso.
—No vayas todavía, es temprano, quédate un rato junto a mí.
—No puedo, Federico, mamá va a sospechar.
—No me dejes así.
—No insistas, no puedes quedarte. Si mi padre te viera aquí te mandaría fusilar.
—Sí, lo sé. Pero daría mucho más que mi vida con tal de estar contigo por entero, en cuerpo y alma.
Patricia sintió que el ardor cubría sus mejillas. Amaba a ese hombre por sobre todas las cosas y estaba dispuesta a esperar el tiempo que hiciera falta para que su padre lo aceptara. Sin embargo, en lo más profundo de su alma, sabía que eso nunca ocurriría. Que tan solo un milagro, o una gran desgracia, le permitirían compartir la vida con ese soldadito huérfano y pobre, como una vez lo llamó su madre.
Su familia pertenecía a la más alta sociedad de Alicante; habían vivido allí por generaciones y acumulado poder político, social y económico. Ella, con sus quince años, ya había sido comprometida al hijo mayor del alcalde.
Cuando conoció a Federico, aquella lejana y fría tarde de enero en que el muchacho ofrecía sus servicios a cambio de un plato caliente de comida, nunca imaginó que llegaría a amarlo tanto. Su madre, una mujer amable y generosa, lo contrató para que se ocupara del jardín de la vivienda; poco después, con la ayuda de su padre, el joven ingresó al Ejército y fue nombrado guardia en el castillo de Santa Bárbara. Desde entonces, los encuentros habían sido a escondidas de la familia, ya nada justificaba mantener una charla, o cualquier otro tipo de contacto. Pero los jóvenes estaban enamorados y no podían luchar contra eso.
—Patricia, hija ¿dónde te has metido? Ven rápido, debemos prepararnos para la fiesta.
Federico soltó suavemente a Patricia; cuando esta comenzó a alejarse, la tomó por la cintura y acercó su boca a su oído.
—Ven esta noche conmigo, mi guardia en el castillo termina al anochecer. Podemos ir a la playa y estar juntos mientras los otros montan las hogueras. Nadie te buscará…
La joven corrió hacia su casa. Cientos de pensamientos se agolpaban en su mente y miles de sensaciones corrían por su cuerpo. ¿Qué podría pasar si fuera con su amado?
***
Parada frente a la fachada del caserón, la mujer sintió nuevamente que su cuerpo se desvanecía. « ¿Qué estoy haciendo aquí?» volvió a preguntarse, en tanto su hermano bajaba del auto con su equipaje.
El barrio estaba igual, las casonas se levantaban imponentes y majestuosas ante la vista de los visitantes. Los jardines morían al borde de las calles y, a lo lejos, se percibía el suave arrullo del mar. El sonido molesto y penetrante de la ciudad había quedado olvidado varios kilómetros atrás. Patricia siempre había amado ese lugar, la intimidad del suburbio, las calles que se extendían anchas y rectas, los jardines extensos y floridos y el aire puro del mar.
—Entremos, hermana.
La mujer ascendió lentamente los escalones hasta la soberbia puerta de entrada. Por un segundo, sintió que hacía apenas unas horas que se había alejado de allí; que su madre saldría a abrazarla y reclamarle por la demora y su padre, serio y recto, le daría las buenas noches y se iría a descansar. El frío aire que se coló por la puerta la sacó del ensueño. La casa estaba oscura, fría y tenebrosa.
Cuando sus ojos se adaptaron al interior, vio la figura del anciano sentado en una silla de ruedas. Al encontrar su mirada, reconoció en él al hombre que más había odiado durante la mayor parte de su vida; sin embargo, al descubrirlo tan viejo, tan enfermo y tan derrotado su corazón se llenó de aflicción y corrió a abrazarlo.
—¡Padre!
—Hija, perdóname, hija mía.
La mujer se hincó a su lado y una catarata infinita de lágrimas brotó sin parar. Allí postrada, lloró por la muerte de su madre, a quien nunca más había visto; por los años de su juventud, inmersos en el odio y la culpa; por lo que no pudo ser y por lo que fue. Su llanto no se detuvo y traspasó la manta que cubría las piernas de su padre, hasta llegar a la piel.
—Hija, perdóname. Fui soberbio, orgulloso, obcecado y ciego. No fui capaz de entender tu amor, ni el de tu madre, hasta que las perdí a ambas.
Patricia se abrazó a su padre y quedó junto a él hasta sentir que su alma, lentamente, se llenaba de vida. La de su padre, en tanto, se fue apagando lentamente.
***
Hacía mucho calor aquel 20 de junio. La joven acompañó a su madre hasta el taller en el que se estaba diseñando la hoguera; era una de las diseñadoras y quería asegurarse de que todo estuviera siendo bien realizado; al día siguiente, el jurado debía anunciar cuál de las presentadas recibiría el premio. Ese día, además, su madre debía elegir entre las muchachas que llevarían los ramos a la Virgen del Remedio; sin que esta se diera cuenta, Patricia se escabulló entre la multitud y comenzó a caminar hacia los pies del castillo monte.
El aire se hacía escaso y denso en su cuerpo, la ansiedad del encuentro y el miedo a ser descubierta le quitaban el aliento; pero no habría obstáculo en el mundo que le impidiera llegar hasta los brazos de su amado.
—Federico…
La joven llamó con fuerza y él giró sobre su cuerpo. Parado junto al mar, parecía un verdadero dios del Olimpo.
—Patricia, has venido.
Ambos se fundieron en un cálido abrazo y unieron sus labios en el más exquisito acto de amor. Federico la tomó de la mano y juntos caminaron por el lugar, procurando no ser vistos. Cuando el sol comenzó a esconderse tras los montes, Patricia partió hacia la ciudad prometiéndole a su amado volver al día siguiente.
La magia de aquellos ojos verdes y profundos la acompañaría durante toda la noche, trastocando sus sueños infantiles en profundos deseos carnales. El tiempo del reencuentro le resultó interminable.
***
Por esas increíbles ironías del destino, Don Antonio, el padre de Patricia, murió el día de San Juan. La ciudad bullía de risas, sonidos y alegrías; el cementerio, en cambio, reposaba en el dolor y la condolencia. La ceremonia del entierro fue muy austera; sin embargo, parecía que todo Alicante estaba allí. Los hermanos, unidos en el dolor, recibieron el amor y el respeto de los incontables amigos y conocidos que se acercaron a saludar.
Muchos miraron con curiosidad a Patricia, no creían volver a verla; otros reaccionaron con naturalidad, no esperaban otra cosa de aquella dulce joven que, un día, había debido irse del lugar manchada por el deshonor y la vergüenza. La mayoría, en cambio, la miró con desprecio y rencor. La acusaban de la temprana muerte de la madre y del triste final del padre.
Cuando todos abandonaron el lugar, un mendigo se acercó a la tumba. Parado a su lado intentó entender qué estaba haciendo allí, por qué volvía una y otra vez a buscar noticias de esa familia… Se hizo la noche y, aterido de frío y cansancio, se recostó junto al sepulcro.
***
Alicia, la madre de Patricia, no cabía en sí de orgullo. Su plantá había sido elegida como la mejor en su categoría. Había recibido la noticia por la mañana temprano y la algarabía reinaba en el hogar. Patricia, por su parte, esperaba con ansias la llegada de la tarde para volver a encontrase con Federico; ese día tocaba la entrega de las flores y aprovecharía la ocasión para volver a escabullirse hacia el castillo. Con las buenas nuevas, su madre estaría muy ocupada como para darse cuenta de su ausencia.
Esa tarde el calor era agobiante, correr junto a su amado le llevó más esfuerzo que el día anterior, pero la emoción del encuentro le daban fuerzas extraordinarias. Sin embargo, al verlo sintió que algo grave pasaba.
—¿Federico?
El joven clavó en ella sus profundos ojos verdes y las lágrimas se derramaron sin contención.
—¿Qué ocurre, amor mío? —insistió la joven, sin saber qué pensar.
—Me mandan a Madrid, Patricia. Esta mañana me dijeron que requieren de mis servicios allá. Debo partir apenas terminen las fiestas.
La joven no pudo creerlo, la tristeza invadió su alma y se arrojó a los brazos del soldado tratando de eternizar el momento. Sin que mediaran más palabras, el abrazo se transformó en besos y estos en el más bello acto de amor. Bajo el cielo de Alicante y sobre las cálidas arenas de Postiguet, fueron hombre y mujer, macho y hembra, convirtiendo el deseo en realidad y el amor en carne.
Muchas horas después, los amantes se desprendían del abrazo jurándose volver al día siguiente… Y un amor eterno.
***
La mujer recorrió la ciudad descubriendo, a cada paso, un nuevo mundo totalmente diferente del que anidaba en su memoria. Solo la fiesta de San Juan, que estaba en su momento más importante, le permitía percibir algo de aquel lejano pasado. Recorría la plaza de los Luceros mientras miles de personas, reunidas allí, disfrutaban la mascletà, e intentaba recuperar los años perdidos. El gentío, a su alrededor, no parecía darse cuenta de su existencia y ella, inmersa en ese anonimato, deseó con toda su alma poder volver en el tiempo.
Esa noche sería la cremà, hacía toda una vida que no había vuelto a vivir esto. La última vez fue junto a aquel joven de increíbles ojos verdes al que había amado con todas las fuerzas de su inexperiencia y al que nunca más había vuelto a ver. Esa noche de su lejana juventud, disfrutó de los fuegos del cielo y de las hogueras de la tierra mientras su cuerpo, recostado en el tibio suelo de la playa, seguía descubriendo los misterios de su cuerpo.
De pronto, recordó la imagen del castillo que, en aquellos lejanos días, había custodiado su amor.  Decidida, sus piernas se dirigieron hacia el monte que ahora, tanto tiempo después, se había convertido en una meca turística.  Cuando llegó al lugar, miles de recuerdos volvieron a su mente.
***
El cálido sol del otoño acariciaba su rostro. Recostada en su cama, se negaba a salir de allí temerosa de que sus padres descubrieran su horrible verdad. Federico se había ido hacía cinco meses y el embarazo ya se adivinaba bajo sus ropas. Solo su hermano compartía su secreto; pronto, sin embargo, todos lo sabrían.
«¿Dónde estás, amor mío?» pensaba la joven sin poder entender por qué el soldado no había vuelto a ella, no la había llamado, no le había escrito. ¿Cómo haría para enfrentar lo que vendría? Por suerte, pensaba, su madre se pondría de su lado y juntas irían a buscarlo. En su cándida existencia, no cabía otra posibilidad.
***
Desde la cima, Alicante se veía como un verdadero paraíso de colores. El gentío en las plazas y el mar de fondo formaban un paisaje maravilloso que Patricia no lograba encontrar en sus recuerdos. El castillo, muy lejos de aquella cárcel usada durante la República, se había convertido en un espectáculo turístico poco digno de sus recuerdos. Buscó un lugar en el cual refugiarse del fuerte calor del verano. Protegida por un antiquísimo cañón, apoyó su espalada y descansó su cuerpo.
De pronto, a lo lejos, vio venir al mendigo con el que se había encontrado el día de su llegada. Algo en el gesto de ese hombre le resultaba conocido y la inquietaba, no podía definir qué era; por ello, al verlo nuevamente, se puso en alerta. Temerosa, comenzó el descenso. En pocos días volvería a la Argentina, aún tenía mucho por hacer.
El vagabundo la vio partir, había perdido la oportunidad de recibir una cuantiosa limosna de la linda turista. «Otra vez será», se dijo, y caminó lentamente hacia otro grupo de turistas; hacía años que rondaba el lugar y era, por poco, el dueño del mismo.
***
Su jovencísimo cuerpo no pudo resistir el viaje en barco y la enorme tristeza de aquellos días. Patricia perdió a su bebé pocos días antes de llegar a la Argentina. Cuando su tía fue a buscarla al hospital en el que la habían internado, no creyó en lo que vieron sus ojos.
—Pequeña, —musitó— pequeña ¿cómo pudieron dejar que llegaras a esto?
Se acercó a la niña y la abrazó con fuerzas. «Mi hermana ha enloquecido» pensó. Y se juró no abandonar jamás a esa niña que había llegado a su vida para alejarla, para siempre, de la soledad en la que vivía.
Cuando la joven recobró un poco de sus fuerzas, ambas partieron hacia la estancia en la que vivirían. Las montañas del sur, el aire cordillerano y el cálido sol de la Patagonia ayudarían a Patricia a construir una nueva vida.
En España quedarían, para siempre, los recuerdos de los padres que la habían repudiado y el color verde de esos ojos hechiceros que jamás volvieron a buscarla.
***
Patricia y su hermano se propusieron dejar todo en orden antes de la partida. Debían desocupar la casa y acomodar los papeles de su padre. No sería una tarea agradable, pero se hacía indispensable.
Una empresa se encargaría de llevarse los muebles y ponerlos a la venta; sin embargo, ella debía desocupar todo. Al abrir el enorme ropero de su madre sintió que su cuerpo se paralizaba; allí, aún envueltas en suaves lienzos, descubrió todas las prendas que usaba de niña. Las tomó suavemente en sus manos y las acercó a su rostro, el perfume de su madre permanecía cautivo entre sus ropas; como un aroma lejano y gastado, percibió su propio pasado y rompió en un llanto incontenible. Imaginó, entonces, a su madre abrazada a ellas y pensándola. Un manto de paz le llenó el alma.
Horas después, ya casi todos los muebles habían sido desocupados. Solo faltaba el escritorio de su padre. Alberto se había ido a su trabajo y ella estaba sola en la casa. Sin muchas ganas, comenzó a vaciar los papeles y a clasificarlos según su importancia. De pronto, debajo del cajón central, percibió la existencia de un segundo fondo. Curiosa, buscó un cortaplumas que le permitiera separarlo. Lo que apareció allí abajo la dejó sin aliento.
Cientos de cartas de Federico, fechada hacía ya cuarenta años, se desparramaron por el piso de la habitación. Patricia cayó al suelo y demoró unos minutos en recuperarse. Cuando su hermano volvió, la encontró inmersa en la lectura de cientos de cartas de amor que nunca habían sido leídas; sus ojos no dejaban de llorar.
Esa noche, cuando comenzaba a ser encendidas las hogueras de Alicante, los hermanos se ayudaron a enterrar el pasado. Todas las cartas, las prendas de su infancia y las penas vividas fueron parte de una pequeña fogata que purificó sus almas. Luego, tomados de la mano, alzaron sus ojos al cielo y disfrutaron de la monumental palmera de colores. Era el fin de la fiesta, todo debía ser distinto en adelante.
***
El vuelo partió en tiempo y forma. Esta vez, los hermanos prometieron volver a verse pronto. Ya en el avión, la mujer sintió que había recuperado la paz; un sol suave y tenue entraba por las ventanillas y el cielo del atardecer lucía en todo su esplendor. Su mundo la esperaba.
En la tierra, un grupo de turistas descubrió el cuerpo de un mendigo que yacía boca abajo. Llamaron a un policía que se acercó a ver qué ocurría y, cuando lo dieron vuelta, comprobaron que ya llevaba varias horas sin vida.
En sus ojos, abiertos de par en par, refulgía la clara luz de la luna y se iluminaba el más bello color verde que jamás hubiesen visto.


PROFANA POR AMOR, Netty del Valle

Por pura fidelidad cristiana, entré a la basílica de Santa María con paso decidido para derribar los muchos símbolos de arcilla que él me había regalado en el transcurso de nuestra larga relación. En este tiempo, las fuerzas misteriosas del mundo pagano habían tomado posesión de mis creencias cuando, por amor, había decidido divorciarme de todas mis costumbres solo para seguirlo a él, quien se convertiría en mi becerro de oro y me corrompería la existencia .Mientras estuve a su lado, solo sabía vivir de pistas, señales y alusiones que me llevaban sin rumbo por cualquier lugar. Una pila de piedra con agua bendita situada en la entrada principal de la iglesia, se me ofrecía generosa para que tomara de ella con mis manos y me persignara en señal de reconciliación. Cuando sumergí mis manos en el agua, esta se tiño de rojo por el peso de mis pecados marcados por la ausencia de principios sagrados y religiosos…
Mientras caminaba en actitud de devoción por el pasillo de la nave central para dirigirme al confesionario, la historia de los tiempos idos se hizo presente y reviví las imágenes de terror que allí sucedieron y que me contaron mis padres cuando, una tarde, desde el castillo de Santa Bárbara, contemplábamos la gama de los azules que bañaban el Mediterráneo. Todavía huelo la fragancia yodada del mar y veo las multíparas manos de las brisas largas de verano, bamboleando las palmeras y jugando con los mástiles de las embarcaciones ancladas en el puerto.
Miré, con ojos de sonámbula, las muchas obras de arte religioso que engalanaban el interior del recinto y sentí pánico cuando me quedé prendida de la mirada mutilada de una imagen de piedra de estilo gótico que representaba una Inmaculada del siglo XVII que dominaba el altar principal. Las altas y descompasadas notas de un órgano que acompañaba la música sacra con sus coros, se lamentaban del pasado y las teclas rugían. Las notas crepitaban sobre el piso calentando las baldosas, mientras yo caminaba de puntillas para evitar que mis talones se calcinaran. Nada se salvó de la voracidad del poder y del fuego: ni la hermosa pila de agua bendita de estilo renacentista de mármol blanco de Carrara, donde muchas veces, con mi familia, nos santiguamos. Los ricamente adornados altares tallados en madera y revestidos con laminillas de oro, también sirvieron de combustión para hacer arder la hoguera que, premeditadamente, había sido instalada en la plaza que lleva el mismo nombre de la iglesia de Santa María.
Un sonido fuerte y persistente comenzó a golpear dentro de mi cabeza: era el desfile de mil botas republicanas que, en sincronizado repique militar, se dirigían marchando hacia el templo sagrado de la « Muy Ilustre Fiel y Siempre Heroica Ciudad de Alicante»… A lo lejos, divisé la devastación que dejan las guerras civiles producidas por las dictaduras y el hambre de poder, y sentí dolor. Caí de rodillas en la mitad de la única nave central que tiene la iglesia, mientras el estridente sonido de las suelas de las botas milicianas rozando contra el piso, se elevaba por las dos capillas laterales y sobre sus cúpulas volaban alborotadas cientos de palomas grises.
Seguí avanzando con pasos temblorosos por el corredor de la nave principal para dirigirme a un costado del Altar Mayor donde, en un sencillo nicho de yeso, se encontraba exhibido Juan el Bautista, con sus brazos desplegados a cada lado de su cuerpo, como dándome la bienvenida al mundo de la reconciliación. Le miré de arriba abajo y aprecié su pobre túnica de los típicos nómadas beduinos que andaban deambulando por las orillas del desierto de Judá. Así como el santo saltó de alegría desde el vientre de su madre cuando estuvo ante la presencia del Redentor, yo sentí que mi conciencia comenzó a desperezarse y vi que sus labios se abrieron para susurrarme: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado»…
Sentí miedo cuando vi flotar por toda la iglesia, una bandeja de plata que portaba una cabeza decapitada que me miraba con desencanto. No quise insistir sobre mi deseo de confesarme y pedir perdón y, aterrorizada, abandoné el lugar.
Excitada, me senté en un banco de madera en la placita de Santa María.
Abrí la pequeña bolsa de terciopelo azul turquí donde guardaba los siete símbolos que con ansiedad manoseaba. Nerviosa, los contaba uno por uno, como si de monedas se tratase. Al tocarlos, una fuerza poderosa me arrastraba por mundos dantescos repletos de tinieblas, monstruos y oscuridades. Algo me quemó los dedos. Saqué la mano y aprecié una quemadura color malva, de forma alargada, semejante a una serpiente.
Esta sería una de las primeras señales de infamia que me estigmatizarían si continuaban en mi poder los siete signos alegóricos a la maldad y la perversión. Antes de esta primera manifestación física que acababa de experimentar, ya me venían sucediendo situaciones extrañas que me hacían sufrir lo indecible…
Lo maldije por haberme dejado sin ninguna explicación y, además, abandonada en una estela de amarguras y contrariedades. Quedé cansada y a la deriva, como los barcos fondeados en la bahía que se dejan llevar por el vaivén de las olas…
Así como intempestivamente había llegado, así mismo lo borraría de mi vida algún día y sería, precisamente, a través del fuego liberador, elemento protagonista en Els Fogueres de Sant Joan. En la ciudad de Alicante lo había conocido y en esta misma ciudad debía enterrar todo vestigio de su existencia.
Este marinero de mares remotos, se había bajado un buen día de un velero sin banderas que estaba fondeado en la bahía. Era una tarde de verano cuando me encontró sentada en un bar cerca a la Explanada de España, bebiendo una caña y fumando sin cesar, como si el humo pudiera disipar el estremecimiento que sentí, cuando aquella mirada se topó con la mía. Hice un gesto sutil con la mano y me dediqué a contemplar las cuatro filas de palmeras que ordenadamente, se extendían a más de medio kilómetro, bordeando siempre la orilla azul del Mediterráneo. La Explanada vibra por el bullicio de la gente que camina de punta a punta y se deja embelesar por el crepúsculo que se pierde en el infinito.
El día se va consumiendo y en los bares de alrededor, se escuchan los sonidos de la música popular y de los pasodobles interpretados por las bandas que alegran las festividades. Se encienden las luces de las farolas de pie que adornan el paseo. Rayos de luz viajan por el piso que al chocar contra el maravilloso mosaico, producen destellos multicolores con el Rojo Alicante, el marfil y el Negro Marquina, que mezclados entre sí, es como si estuvieras contemplando el oleaje del Mar Mediterráneo.
¡Mar de cálidos y profundos azules amasados por espumas blancas y gritos de sol anaranjado que se pierden en el infinito!
Quedé atrapada en la magia de los colores…
Mi alma gimió cuando intenté buscarlo y no lo vi…
Suspiré por la mirada que a propósito esquivé.
Insistí y allí estaba…
Perdí el control cuando se me acercó…
— ¿Por qué esquivaste mi mirada? ¿Tienes miedo, bonita?
—No hablo con desconocidos— le dije sin ninguna convicción.
Me miró con ansia y sentí que su mirada me suplicaba que le permitiera sentarse.
Con ademán sereno y lento, apartó una silla de la mesa sobre la que reposaban tres vasos vacíos de Hortacha que había bebido en toda la tarde. Se sentó enfrente de mí.
Apasionadamente tomó mis dos manos entre las suyas y se presentó permaneciendo sentado.
—Mucho gusto, me llamo…
— «El Moro— le interrumpí groseramente. ¡Qué bien se aprecia desde este lugar la figura esculpida en piedra de este icono de la ciudad! ¡Cuántos miles de años habrán pasado para formar esta talla del perfil del desdichado califa!»
—Cántara— pronuncié con profunda tristeza…
— ¿Así te llamas?— me dijo sujetándome del brazo firmemente.
Le sonreí tan dulce y deliciosamente que una ola de cálida simpatía se cruzó entre los dos y se rompió el hielo de la noche. Amparados por el anonimato, nos perdimos en los recovecos de las calles enfiestadas y, embriagada de Margaritas en copas escarchadas, subí a su velero y nos perdimos en el silencio de las sombras del puerto…
Ya en sus manos, me convertí en el juguete azul de sus pasiones, y como el Mediterráneo que se estrella en la parte sur contra las rocas escarpadas, así me trató y así me dejó cuando partió.
¡Quedé hecha polvo!
Volví de regreso a Alicante atraída esta vez por sus rituales para potenciar sus riquezas culturales, hacer realidad los deseos más anhelados y exorcizar, a través del fuego, los siete objetos cargados de simbolismo que Alí me regaló y que fueron mi maldición.
Los fuegos artificiales se dispararon desde lo más alto de la cumbre. Por el aire alicantino se esparcieron lenguas de fuego que formaron figuras fálicas de serpientes que explotaron en mil colores y, lentamente, descendieron para sumergirse en las profundidades del mar…
Parada en la mitad de la rambla, justamente cuando las campanas de la iglesia de San Nicolás repicaban anunciando las doce de la noche del día 24 de junio, vi cómo la pequeña bolsa de terciopelo azul turquí, me fue arrebatada de las manos por una fuerza misteriosa que la depositó en una hoguera que ardía en la mitad de una de las calles del casco antiguo de la ciudad.
Me hinqué de rodillas en el suelo y besé la tierra de Alicante pronunciando con reverencia que esta es la « millor terreta del món», porque aquí me liberé.


PROMESA DE FUEGO, Almudena Villalba Organero

Marina, asomada al balcón, contempla  la calle engalanada, y la algarabía de los vecinos y turistas le traen aromas de alegría de tiempos pasados, cuando del brazo de su Pepe, visitaban las «Barracas» y en las esquinas de las calles sellaban su recorrido con un furtivo beso. Cada año, desde el accidente, se pasea por ellas, desliza la mano por las paredes y se la lleva despacio a la boca para evocar el sabor dulce de sus labios, y sepultar por un instante la amargura del vacío. Las lágrimas se deslizan incontroladas sobre su rostro, siempre furtivas, en soledad. De este modo lo decidió tras el entierro de su esposo, la energía que derrocharía en cada llantina la guardaría para hacer sonreír a su pequeña Alicia, postrada en silla de ruedas el mismo día en que un conductor borracho perdió el control del volante, y viró con él la felicidad soñada desde que abandonaron el pueblo para instalarse en la capital. Alicante acogió el nacimiento de las gemelas dieciocho años atrás y, Marina, que seca sus mejillas con el dorso de la mano, se ilumina al recordar el rostro de Cristina, cuando fue elegida «Belleza» por la comisión de su «Hoguera» en las fiestas que concluyen hoy.
Lo hemos hecho bien,  Pepe, lo hemos hecho bien…─ habla en voz alta mientras contempla el cielo─. Las niñas nos han salido buenas,  tienen tu corazón, cariño. ¡No veas cómo las quieren en el barrio! Si las hubieras visto hacer de guía turístico con los miembros de la asociación de sordomudos de Elche. Aprendieron el lenguaje de signos y les han mostrado todos los eventos de estas «Hogueras». Estoy segura de que te hubieras llenado de orgullo si estuvieras aquí. Bueno, sé que nos estás viendo y cuidando desde arriba… La niña durante la ofrenda a la Virgen del Remedio rezó por ti y por su hermana, las dos son inseparables. Estas han sido las hogueras más bonitas desde que no estás… Alicia es feliz, a pesar de…y Cristina ha lucido tan preciosa…  Confío en que la «cremà» de este año se haya llevado lo malo por mucho tiempo…  
─Mami, ya estamos aquí─ dijo Alicia, mientras cerraba la puerta─. No te imaginas la de gente que hay, la calle está a tope. Hemos ido a despedir a los chicos y chicas de la asociación, son súper majos y se lo han pasado genial. Dicen que el año que viene repiten y que se lo hemos explicado todo de lujo. ¿Mamá? ¿Mami, estás ahí?..
─Sí, cariño. Estaba arreglando los tiestos del balcón…Me alegro mucho de que haya ido tan bien. Cris, estás muy callada, hija ¿No te has divertido?
─Claro, mami, pero me da tanta pena que acaben las fiestas. Este año ha sido uno de los mejores de mi vida…
─Quédate con lo bueno, los recuerdos que guardarás en fotografías, en videos, en el libro de fiestas, además de toda la gente a la que has conocido. Eso siempre lo llevaras contigo.
─Lo sé, pero no puedo evitarlo…
─Cris, todavía falta por saber si te elegirán «Belleza del fuego» para las fiestas del año que viene─ repuso Alicia─ ¿Te imaginas?.. Estoy segura de que las comisiones te darán el voto. Y no es pasión de hermana.
─Pues no es difícil, Ali. ¿Has visto acaso a las «Bellezas» de este año?..─contesta Cris.             
─Más difícil lo tengo yo, así que no te rindas antes de intentarlo. Todas las candidatas podéis  llegar a serlo, y no te quiero ver triste, ya has llorado lo suficiente durante la «cremà». ¡Hala! A pensar cómo prepararemos la candidatura.
Cristina admiró la fortaleza de la  joven que  tenía enfrente, que no medía más de metro y medio en su silla de ruedas, pero que inundaba cualquier estancia con su ánimo y sabiduría. El accidente habría dejado insensible sus piernas para siempre, a la vez que su corazón se había dilatado de generosidad y altruismo. Las dos hermanas, que físicamente habían heredado la misma hermosura mediterránea, compartían rasgos esenciales de personalidad, aunque a Cristina le faltaba el arrojo de su gemela.
***
Han pasado diez meses desde que finalizaron los festejos del año anterior. Este lapso ha sido intenso de actividad y emociones. Cristina ha tenido numerosos eventos y entrevistas para que el jurado la conociera antes de la ansiada votación. La ilusión y los nervios pasados no tienen comparación con los de las horas previas a la gala de elección de la «Belleza del fuego» y su corte de honor. El acontecimiento tendrá lugar en la plaza de toros, ante miles de alicantinos. Es el momento más esperado por todas las candidatas y sus familias. Marina repasa los detalles del vestido que lucirá Cristina en la gala: las enaguas de hilo, la enorme falda de damasco en plata, púrpura y azul cielo, cubierta por el negro delantal redondeado de puntilla; el corpiño de terciopelo negro bordado en plata, la mantilla de encaje blanco y los zapatos de raso. El vestido de novia alicantina, que será el último que lucirá Cristina en la ceremonia, se exhibe en un maniquí, alquilado para la ocasión, y que contemplarán amigos y vecinos antes de vestir a la aspirante, mientras se les agasaja con un aperitivo.
Alicia ha ayudado a su hermana a prepararse antes de los eventos, a elaborar sus discursos, a ensayar las poses e, incluso,  a estudiar para el examen de selectividad. Se diría que forman un único ser, las piernas de una son la voluntad de la otra, la felicidad de la otra, la motivación de una, y el cariño de ambas, la savia que alimenta la coraza con la que su madre se enfrenta al abatimiento.
Cuando Pepe y Marina pisaron por primera vez suelo alicantino a final de los años ochenta, se prendaron de la ciudad, ellos venían de un pequeño pueblo de Teruel y el único ruido que escuchaban al despertar era el de los pájaros que sobrevolaban la amplia meseta que rodeaba el pueblo. Nada comparable a la «despertà», que cada año protagoniza la banda de música municipal a las ocho de la mañana, para recordar que la festividad de San Juan se debe vivir con el frenesí de una gran ocasión. Las primeras hogueras que visitaron les  parecieron auténticas obras de arte, que reunían la crítica política, el sarcasmo y el costumbrismo local; por ello, no comprendían por qué iban a ser quemadas en la noche del veinticuatro de junio y la razón de que el esfuerzo de aquellos artistas se viera reducido a cenizas en unos cuantos minutos. En cuanto Marina presenció el acto se empapó del hechizo de aquel instante, cuando el humo de las llamas que se alzaba hasta el cielo contenía las almas de los ninots y la magia de la pirotecnia convertía las lágrimas de aquellos muñecos en las estrellas de luz que iluminarían sus cabezas. Marina aprendió una lección aquella fantástica noche: los tiempos tristes que la vida le reservara los teñiría de colores, como el fuego purificador que aniquila una etapa pero matiza la venidera. Y eso hizo el día del festival de la elección. Disfrutó con sus hijas de cada instante con entusiasmo.
Alcanzaron la plaza de toros en media hora. El acto comenzaba a las nueve y media de la noche  con la presentación de las candidatas infantiles y a las diez, el de las adultas. Cristina y el resto de sus compañeras desfilarán con traje de noche, para presentarse con sus mejores galas, ante el aforo de casi diez mil personas que contemplan desde las gradas a las futuras representantes de la fiesta principal de Alicante. Las «Hogueras», con nombre de mujer, también visten uno de sus actos más importantes con su mejor vestido, la danza y la música, para ofrecérselas engalanadas a un público entregado. El festival homenajeaba a la luna, testigo de cada elección de «Belleza del fuego» y sus damas de honor, desde comienzos de los años treinta hasta la actualidad, foco celeste que ha iluminado las sonrisas de cada una de las mujeres y niñas que vivirán un año de ensueño.
Antes de pisar firme el escenario, Cristina, a quien le es casi imposible controlar la sensación de que  unos revoltosos seres celebran su propia fiesta en el estómago, al ritmo de los tambores que retumban en su corazón, eleva una promesa al cielo estrellado de la noche de mayo, fecha que permanecerá tatuada a fuego en su memoria. Memoria que atesorará este último acto en cofre de oro, mientras que el tiempo transcurrido durante meses para sus preparativos, quedará encerrado en el cuarto de los recuerdos sin interés, así de injusto es el lugar de las evocaciones. Y en un espacio tan breve e intenso, como en el que caben dos desfiles, arropados por sus respectivas coreografías, llega el momento en que los siete nombres serán pronunciados por la misma voz que ha relatado, desde el anonimato, lo acontecido. Cristina, después de cada uno de los nombramientos, piensa en lo merecido que lo tienen las chicas y de cómo ha disfrutado del festival, en cómo se esfuma la promesa que se había hecho y en cómo le hubiera gustado que se hiciera realidad; entonces, desde el subconsciente, que le habla con la misma preciosa voz del locutor de radio que  ha nombrado a las anteriores, escucha su nombre y sonríe, su rostro permanece con esa expresión hasta que el codazo de una de sus compañeras la devuelve a aquel escenario, a aquel preciso momento en el que varias se abalanzan sobre ella y la colman de felicitaciones. Cristina se ha convertido en novia de Alicante, en «Belleza del fuego».
El coso está a punto de desmoronarse por los aplausos y gritos. Entre los espectadores hay dos personas que se aprietan la mano con fuerza, que se miran a los ojos arrasados en lágrimas, y que agradecen al espíritu de su hogar, seguras de que las acompaña, la dicha de aquel milagro. 
***
El veintiséis de junio amaneció raso y caluroso, el buen tiempo había acompañado a Cristina en todos los actos y festejos que conmemoraron las «Hogueras» de su año de reinado que comienza, vividos todos ellos con ímpetu y agrado, como se goza lo que sabes no volverás a sentir nunca. No olvidó uno solo de esos días  la promesa que hizo la noche de su proclamación. Se había encargado de prepararlo todo con las seis damas de honor, que se habían convertido en sus grandes aliadas. Había contactado con los  amigos de la asociación de sordomudos, con los que habían congeniado durante el periplo guiado por las fiestas, y ya lo tenían todo listo para la gran sorpresa Así que esa mañana, según lo previsto, se levantó fingiendo unas terribles náuseas:
─Mamá, no me encuentro bien, he tenido que visitar el baño un par de veces y creo que no voy a poder acudir a la sesión de fotos de esta tarde. Me tendría que quedar a ver si mejoro para el desfile.  Lo siento, mami…
─Bueno hija qué le vamos a hacer, no pasa nada. Ahora mismo llamo para informar de tu estado.
─No, mamá. Eso no es posible, me he comprometido con el periódico local y se ha movilizado a un montón de gente para que ahora falle. Creo que tengo la solución.
─Hija, no me parece bien que vayas en ese estado. Además que puedes contagiar a todas las damas.
─No estoy pensando en ir yo ─repuso Cristina- sino en  Alicia.
─ ¡¿Alicia?! ¡Te has vuelto loca!  Pero ¡¿Cómo?!...
─Mira, lo tengo todo pensado, hablo con las damas de honor y que la preparen para que el fotógrafo aparezca justo cuando ya están todas sentadas, nadie lo notará.
─No sé, hija. No lo veo…me parece muy arriesgado.
─Que no, mami. Déjame que lo organice todo, ya verás cómo sale bien.
Marina conocía la testarudez de su hija, así que no insistió más de la cuenta, a pesar de que no le parecía un buen plan y pensaba que hacía aguas por todos lados, desconocía que el mismo había sido elaborado con minuciosidad desde hacía mes y medio.
Cristina se lo propuso a Alicia, que al principio se negó, pero, debido a su gran corazón y el amor que sentía por su hermana, terminó por ceder.
Durante la sesión de maquillaje y peinado, se sintió como la reina que era sin saberlo. Cuando se vio reflejada en el espejo, descubrió a una Alicia con la que había soñado alguna noche en la oscuridad de su cuarto, en el silencio de los sueños prohibidos, los que  encierran en  caja fuerte  las personas que han sepultado la añoranza de lo perdido y que solo pueden abrir con la combinación de su voluntad.
La recogió el taxi, que la llevó a donde pensaba que estaría el salón del fotógrafo, la acompañaban dos de las damas de honor que la habían ayudado a vestirse. Marina prefirió quedarse cuidando de Cristina.
A Alicia le extrañó que hubiera tanto ajetreo cuando abordaron el trayecto final, la ayudaron a bajar del coche y allí la esperaban otras cuatro damas de honor y sus queridos amigos  sordomudos, que le dieron una gran sorpresa. La cogieron en brazos y la transportaron a una nave donde le esperaba una gran carroza, bellamente decorada y en la que se habían instalado dos bancos, forrados de tela de raso azul, y un espléndido trono dorado. Fue entonces, cuando comprendió lo que había hecho Cristina y la piel de su cuerpo se erizó con el torrente de cariño que sintió hacia ella en ese momento. Faltaban escasamente quince minutos para que diera comienzo la cabalgata de fin de fiesta que recorrería las principales calles de la ciudad y que estaría presidida por la carroza que ocupaba la «Belleza» y sus damas  de  honor.

Entre gritos y aplausos, bañada de confeti, del calor de los centenares de alicantinos y turistas, que disfrutaban del espectáculo engalanado por la banda de música, Alicia, la niña que creció, como la del cuento, en un breve y fatídico instante, vivió el suyo propio, de incognito, ante la mirada embelesada de su madre y su hermana, y con la certeza de que un ángel la observaba desde arriba. No le importaba que nadie más lo supiera, porque aquel momento era la fantasía que abriría la caja fuerte de sus sueños perdidos.  

FOGUERAS DE SANT JOAN, Malena Cartagena

Santos se asomó por la ventana del hotel, desde ahí, divisaba el majestuoso castillo de santa Bárbara, el intenso follaje del monte Benacantil.
Un persistente olor a jambas lo invadió, a lo lejos blanquecinas embarcaciones vadeaban los leves espumarajos que los cientos de virajes producían sobre las corrientes y estelas.
Abajo, estancado en el paseo peatonal, un quieto charco sobrenadando en él, inmensas hojas de un amarillo intenso.
Experimentaba esa vibración de Alicante, con alguna música que se fugaba por algún instrumento. Sus dolores parecieron ser degollados entre una suma de detalles cotidianos, calándole sus huesos.
El tiempo de angustias vividos anteriormente, en la ciudad, perecían en el colorido entreverado producido por largas lenguas de fuego, danzando por las lejanas fogatas de las playas, que bullían constantemente muy a pesar de su prohibición a expandirlas.
Lo distrajo de su contemplación la exagerada lentitud de un anciano, algo rendido ante sus limitaciones, quien se acomodó en una banca situada fuera del piso decorado.
Se ensimismó en el recuerdo, cuando huyó afanado de Alicante porque habían casado a su novia con un guardia civil, solo por tener un piso y coche.
Bueno, bueno ya él había adquirido hacía unos años un elegante piso de ciento cincuenta metros cerca al Puerto deportivo y un local aledaño en el primer piso, donde funcionaba una taberna y varias torres, más antiguas que los viejos pinos, pregonaban sus moldeados perfiles.
Ese repaso del tiempo le embotó en ese momento se sintió tiempo del tiempo, aspiró para realidades más inmediatas, como cumplir una cita ineludible a las seis de esa tarde.
Sabía que Mariana, su novia, le había endilgado al esposo a Santi, el hijo de ambos, pero esa era la menor de sus razones para tal encuentro.
Afuera un viento agitado producía entre los ventanales sendos silbidos, optó por bajar por las escaleras. Ya en el bar, un gran ventanal obsequiaba una exquisita vista del paseo de la Alameda; a pesar de la cantidad de caminantes, divisó a Mariana bordeando la acera para llegar a su encuentro.
Sintió ella era de lo más importante en su vida, siempre y mucho más en ese momento, la quietud de su rostro no traslucía el inmenso fogaje interior. No sentía sus rodillas, tan envaradas estaban.
Los ojos de ella le hablaron por si solos, recorriendo todo su cuerpo hasta su alma se sintió requisada, se percibía un ramalazo en su sentir algo endulzado por una ternura infinita.
—Hola Santos, espero no haber llegado tarde —dijo bajando sus párpados y fue su gesto inherente, tan añorado, quien lo estremeció.
—No, yo acabo de llegar también. Siéntate, Mariana.
Una intensa calentura le recorrió la espalda una apoteosis de riegos le fluían velozmente y el momento pareció detenerse ocioso y excitante.
En ocasiones el destino acontece lícito, posesionado de la realidad y, mientras algo en el ser se desmorona, Santos buscó esas manos tan anheladas y besó uno a uno sus dedos.
—¿Por qué me insististe que no trajese a Santi? —preguntó ella.
—Quería estuviéramos solos.
—¿Solos? pronto esto estará muy lleno, a todos les encanta este bar.
Santos frunció su boca y metió una de sus piernas entre los muslos de Mariana. Ella le apretó las manos y le lanzó un beso. Los hechos son los hechos y lo que sucede, simplemente, acontece. Un hombre con una pañoleta cubriendo sus cabellos se atravesó por las mesas, entonando una melodía:
«Amanecían en el naranjal...abejitas de oro. Sillita de oro para el moro y de oropel para su mujer. Amanecía en el naranjal. Está la flor azul...Isabel en las flores».
Las nostálgicas notas de Lorca parecieron embriagarlo, el éxtasis gestó su dictadura anegando los ojos de Santos. Todo pareció intemporal, las bocas golosas la lealtad, los cuerpos y almas concibiendo un momento perfecto y Mariana muy hermosa disfrutando una aparente rutina de enamorados, pareciendo existir solo el uno por el otro.
Literalmente, Santos se vio dentro de un circulo de absoluta trivialidad, ¿por el amor? ¿O por las visiones de  las fogueras de Sant Joant?
Los ojos de Mariana con brillos de cientos de anguilas, al son de los versos de Lorca, mientras los asistentes disfrutaban.
A Santos lo sacudió un vaho de supersticiones, incluso sintió sus deudos, una afición retórica sazonada de sangre y sacrificios anteriores a este su tiempo. Ahíto, pleno de versos y el rostro de Mariana, deslizó sus dedos por su fajón lleno de explosivos y hundió el encendido.
Todo estalló, como si fuese un advenimiento de todas las fogatas prohibidas. Rápidamente inmensas y rojas lenguas de fuego cobraron sus cenizas y Anubis parodió a Lorca y se gastó otros versos.
Paco, el mesero, salió trastabillando del baño, diciendo:
—¡Joder con esto de las prohibiciones!

Cayó al suelo desmayado, fue el único sobreviviente de ese bar en Alicante.

TÍA CRISTINA Y YO EN ALICANTE, Francisca Huamaní

Nunca habíamos viajado lejos de la patria. Mis padres ni siquiera podían alimentarnos y vestirnos sin nuestra ayuda. Por eso cuando llegó la carta de tía Cristina informado que yo podría por fin viajar a España para trabajar como sirvienta en un hotel de tres estrellas, ubicado en Alicante, en casa todos fuimos muy felices.
Celebramos con chicha de jora nuestra bendita suerte. Nos emborrachamos. Yo ya tenía 18 años de edad y mis cuatro hermanos mayores estaban tan contentos que no le hicieron asco a la bebida incaica que mi padre utilizaba siempre para brindar logros familiares, aunque estos fueran tan ridículos como que la hija menor viajara miles de kilómetros para lavar platos y tender camas de desconocidos.
No me sorprendía que mi madre considerara que éramos benditos. Dije benditos porque yo debería de enviar todos los meses remesas y con el tiempo así como mi tía logró mi viaje, yo tendría que ofrecerles oportunidades reales a mis hermanos.
Jamás había salido de Lima, apenas había viajado en los micros, desde mi hogar ubicado en el barrio marginal de José Gálvez hasta el centro histórico para comprar lentes de sol que vendería en la avenida Abancay, una de las más transitadas por ese entonces en la ciudad. Y a eso me dedicada desde que cumplí los 13 años. Era una niña vendedora callejera.
En verano vendía lentes de sol, de todos los tamaños y colores. Era el negocio casi familiar, porque mi padre tenía el mismo oficio, pero lo hacía en las playas bonitas del Sur. El podía darse el lujo de venderlas a precios altos, por la poca competencia que tenía. Yo y mis hermanos en cambio luchábamos con varios comerciantes que remataban sus productos. En realidad la competencia era desleal, incluso entre nosotros, los propios hermanos.
En cambio en invierno era distinto. Mi padre ofrecía pasteles en los paraderos de los micros, mis hermanos y yo nos la ingeniábamos para vender en los micros caramelos y galletas, siempre después de clases. Mis padres no permitieron que faltáramos a clases. Por eso mis hermanos Pedro, Peter y Pablo llegaron a ser maestros. Bueno, en realidad fueron profesionales porque lograron terminar la secundaria, pero solo fue gracias al dinero que yo enviaba puntual que ellos lograron terminar la universidad.
Pero lamentablemente eran épocas en que ser profesional no era sinónimo de un futuro mejor. Mi país era un caos. Un hombre tan guapo como joven e irreverente fue elegido para gobernar. Un noche—dicen sus más grandes detractores—tras dos años de aparente excelente administración se le ocurrió que el Estado debería de tener el control de los bancos, así que un día anunció en uno de esos mítines multitudinarios al cual tenía acostumbrado a sus más acérrimos simpatizantes que nacionalizaría la Banca. Los empresarios banqueros amenazaron con tomar medidas radicales. Pero él digno y fiel a sus principios de izquierda y de igualdad continuó con su proyecto nacionalista. Ese fue el fin de una época decente para los peruanos. El caos, la escasez, las huelgas, los coches bombas que explotaban en cualquier lugar en nombre de la dignidad de los más pobres, los muertos en la sierra, la tristeza de las viudas de los campesinos, de los militares y policías confluían con el desconsuelo de sus hijos, ahora huérfanos en un país que no tenía orden ni ofrecía garantías para sobrevivir.
En ese contexto mis hermanos me solicitaron venirse conmigo a Alicante. Yo ya tenía 25 años de edad, llevaba 7 años en un país que no era el mío y el cual no conocía tanto como cualquiera imaginaría. Vivía en el hotel donde trabajaba 12 horas como mucama. Y aunque los domingos –días de mi descanso--paseaba por los lugares más bonitos de Alicante, así como jamás intenté de niña salir de mi zona de confort y protección de Lima, jamás me animé a visitar lo hermosos lugares que tenía España. Es que en realidad amaba Alicante, me parecía el paraíso prometido. Solo conocía los lugares bonitos de esa zona costera y estaba fascinada por todo lo que mis ojos contemplaban. Edificios inmensos dispersos en la ciudad, señoras elegantes que caminaba apuradas y felices a lugares que nunca descubrí y que ni siquiera imaginaba que existieran.
Pensaba por esos días que uno siempre añora lo que no tuvo. Yo amaba esas playas inmensas y de arenas limpias, lugares ideales para fogatas tertulias entres amigos. Desde el hotel podía ver un castillo, no era tan grande como los imaginé, pero era precioso y estaba frente a mí. Mi timidez no me permitió atreverme a visitarlo.
Mi primer día en Alicante fue inolvidable. En realidad todo comienzo de una nueva vida es inolvidable, pero para mí lo era en especial, porque ser la primera vez que tenía un cuarto para mi sola. Mi tía Cristina, gracias a su honradez y buen servicio, no solo había logrado recomendarme sino que pudo conseguir una buena habitación para mí en ese hotel. Mi tía también vivía en un cuarto junto al mío, con su esposo y su gata Ceci. Mi tía se conmovió tanto al verme llorar de emoción que esa noche me llevó a cenar a un restaurante de la ciudad. Era una fonda modesta—según ella—pero para mí que jamás había ni almorzado en un restaurante, era el lugar más hermoso del mundo. Me es imposible recordar el plato que comimos, pero era un arroz de colores rojizos con harta carne y pollo. Mi tía me dijo que era un restaurante extranjero de los que abundan en los países europeos y que tiene tanta acogida por los españoles. Yo le dije que la comida era lo más rico que había probado en mi vida. “Seguro, probarás mejores manjares. En Alicante se come rico. Además, la comida del hotel es muy buena. Solo tienes que ser honrada y servicial y tendrás tu vida asegurada”, me dijo antes de irse a dormir.
Esa noche no pude dormir. Recordaba la despedida de mis padres esa madrugaba en el aeropuerto. Mi madre no lloraba y solo me abrazaba con una fuerza que me desconcertó, ya que ella siempre fue una mujer muy pequeña y débil. Mi padre, en cambio era alto y de gran fuerza, pero él no mostraba ningún signo de emoción en su rostro. Estuvo serio como siempre. Seguro preocupado porque al día siguiente estaría tan cansado que no iría a vender sus empanadas en el terminar de buses. Mis hermanos no nos acompañaron esa noche, nuestra despedida fue en casa, con solo un adiós con las manos, como si nos fuéramos a ver muy pronto. Ellos hubieran querido que tía Cristina los eligiera, pero ella mandó por mí.
En realidad tía Cristina y yo siempre fuimos muy amigas. Ella era la menor de las hermanas de mamá y fue mamá quien la crio. Pero un día decidió abandonarnos e irse a otro país. Trabajaba en casa de una señora en Miraflores y tenía una amiga dueña de un hotel en Alicante, así que recomendó a mi tía. La señora patrona de mi tía se iba a vivir a Inglaterra, pero pasaría unos meses en España y necesitaba de mi tía para continuar el cuidado de sus hijos en el verano. Ya en Inglaterra no la necesitaría porque los niños estudiarían en un internado. Así que mi tía cumplidos sus 20 años nos dejó. Yo la extrañé horrores. Pero a veces ella enviaba postales de Alicante. Se tomaba fotos en las plazas, en los parques, en la playa, en sus fiestas populares. Ella era muy alegre y sociable, por eso al comienzo me apenaba que en sus fotos siempre estuviera sola. Pero de pronto un día nos envió una postal con su gata Ceci. Luego otra con Juan, con unas palabras que decían: “Con Juan, el verdadero dueño de Ceci”. Ceci, una gata negra, se había perdido y mi tía lo encontró desconcertada en los parques de Alicante. Nunca nos contó la historia, pero meses después envió unas fotos de su boda con Juan. Cuando conocí a Juan los primeros días de mi estadía en Alicante, comprobé por qué tía Cristina lo había elegido como compañero de vida. Era un hombre bueno y alegre, trabajador y responsable, divertido y hogareño. Aún no tenían hijos y ese era su deseo más anhelado. Por eso mandaron por mí. Mi tía dejaría de trabajar en el hotel y yo era su reemplazo. Ellos planeaban abrir un restaurante cerca de la playa. Tenían ahorros y era posible el sueño que mi tía tuvo: ser madre y tener su propio restaurant.
Comprobé por esos años que tía Cristina odiaba trabajar para otros, pero era amable y servicial con la sola ilusión de un día ser libre y poder ser la dueña de su destino. No era una mujer de apegos. Por eso me sorprendía que me quisiera tanto. Durante los años que vivimos en Alicante, yo en el hotel y ella en su negocio, jamás me preguntó por mi padre ni por mi madre y tampoco por mis hermanos. Era como si nunca hubieran formado parte de su pasado. Un día me confesó que las fotos y postales solo las enviaba por mí. Desde que me mudé con ella a Alicante, jamás volvió a mandar otra.
En realidad mi madre la crio desde que llegó a los 13 años cumplidos a vivir con nosotros. Llegó desde el pueblo andino de Ayacucho, quizás con sueños e ilusiones de tener una familia. Pero solo vivió dos años con nosotros. A ella le gustaba cocinar y lo hacía muy rico, pero no le gustaba el negocio de la familia. Era muy tímida y se avergonzaba vender en la calles de Lima. Su dejo de serrana era motivo de burlas entre los transeúntes. Incluso muchos tramposos se iban sin pagarle por las gafas de sol. Algunas noches ella regresaba llorando y pidiendo no salir más. Pero era imposible, todos debíamos aportar en el hogar. A mi madre se le ocurrió la idea de que vendieran dulces en la puerta de la casa, pero igual siempre la desairaban y aunque sus postres eran muy ricos y se vendía todos, las burlas por su dejo y su muy baja estatura eran motivos suficiente para que ella no dejara de llorar todas la noches. Mi madre, que muy de vez en cuando se las ingeniaba para lavar ropa en casas de señoras del barrio limeño de Miraflores, logró colocarla de sirvienta. A los 16 años empezó a trabajar como nana de unos niños, pero pronto también se volvió cocinera, claro con el mismo sueldo, pero con un trato familiar y sensible que hizo que mi tía dejara de llorar por las noches.
Por esos años la vi feliz y alegre. Se volvió muy sociable y muy amiga y líder de las nanas y sirvientas de la zona. Ya su dejo de serrana había desaparecido y sus cabellos eran tan sedosos que yo la veía bella. Era muy querida por la patrona, quien le regalaba ropa que ya no usaba. Como era delgada le encajaban a la perfección, pero por su baja estatura debía de hacer algunos arreglos. Ella se veía muy bella. Al principio nos visitaba todos los domingos y traía comida y fruta rica. Algunas veces me regalaba ropa bonita que yo lucía con coquetería en el barrio. Pero con el tiempo sus visitan fueron más remotas, ella decía que odiaba el barrio, que le traía recuerdos tristes. Y era verdad.
A veces pasaban meses sin verla. Pero yo recordaba los dos años en que compartimos el mismo cuarto con mis tres hermanos. Éramos muy buenas amigas y aunque algunas veces la defendía de la burla de los vecinos, ella siempre fue triste. Algunas ocasiones me llevó a casa de su patrona, siempre en algún cumpleaños de los niños. Yo era feliz con los dulces que emergían provocativos de los grandes muñecones que eran rotos por los cumpleañeros. Era muy feliz, recuerdo. Una felicidad solo comparable con las fiestas de San Juan, que se celebran en junio en Alicante. Y aunque no se rompen muñecos de cartón, lo que se hace es quemar ninots. En realidad es una forma que tienen acá de mandar al infierno las malas energías y en medio de la algarabía, risas y fogatas y más fogatas, no solo se purifica la tierra sino que se honra a los dioses y se agradece las bendiciones divinas al hermosísimo pueblo de Alicante. Son unas fiestas que atraen turistas de todas partes del mundo. Muchos se quedan tan maravillados no solo por las fiestas sino por el clima y el paisaje maravilloso que incluso se quedan a vivir. El clima caluroso y seco, combinado con el mar y el paisaje es un imán para miles de turistas, pero también de inmigrantes como yo, que trabajarán en hoteles y casas, como sirvientes. Pero Alicante ofrece oportunidades de igualdad a todo que tiene el sueño de ser dueño de su propio destino.

Muchos inmigrantes montan negocios de comida, panaderías o tiendas de productos típicos. Mi tía Cristina es una de ellas. Aunque no pudo abrir su restaurante, si logró montar su panadería. Hace ricos postres limeños, como crema volteada, tortas tres leches, alfajores limeños, merengues, leche asada y frejoles colados. A ella, Juan y Ceci, les vas fenomenal durante las fiestas. Venden muy bien. Yo les ayudo algunos domingos, días de mi descanso. Soy feliz en Alicante y en verdad deseo también lograr ahorrar y montar mi tienda. A veces siento nostalgia de mis años de vendedora ambulante en Lima. A veces también extraño a mis hermanos y a mis padres. Pero ellos aseguran estar bien allá. Dicen que un japonés los gobierna y que hay mayores oportunidades para los profesionales como ellos. Ya los cabecillas de los grupos terroristas están presos y que los militares custodian las calles. Dicen que la gente está más feliz y menos triste. Yo les creo, pero les creo especialmente hoy, 24 de junio, día central de las fiestas sanjuaninas, porque soy una convencida de que el poder de estas fiestas que alejan espíritus y malas energías no solo se limita a estas tierras situadas a orillas del Mediterráneo sino en remotos lugares ubicados al otro lado del charco, en el Océano Pacífico.

SUCEDIÓ EN ALICANTE EN UNA CHARCA DE FUEGO, Mimi Juliao Vargas

José del Cristo Molina y Cifuentes era un chico del común, que en plena adolescencia y muy al contrario de los demás zagales contemporáneos, disfrutaba de la compañía de sus abuelos maternos a los que consideraba sabios. En muchas oportunidades, pasaba horas enteras escuchándoles las historias y leyendas de su país, pero siempre terminaba Indagando sobre las famosas “fogueres de Sant Joan” que para él ,encerraban toda una orgía de misterios perdidos en la oscuridad de los tiempos y con solo pensar en ello, los nervios cervicales le producían un cosquilleo a lo largo de su columna.

Los abuelos habitaban en el casco antiguo de Alicante y desde su alto balcón la vista se recreaba ante el admirable espectáculo que, de día ofrecía el Paseo de la Alameda, con sus pisos en cerámica diseñada artísticamente en forma del oleaje como el cercano mar, y en las noches de las fiestas de San Juan, brillaban entre las llamas de las fogatas que enardecían los ánimos de sus habitantes, igual que a centenares de turistas que para tal fecha en el mes de junio, visitaban las costas del mediterráneo.
La casa de los abuelos era una antigua construcción levantada en piedra que databa, por lo menos, de principios del siglo XIX y era además la cuna de la familia Cifuentes Fuenmayor.
Esa tarde había revuelo. Doña Remedios, la abuela, preparaba todos los ingredientes para una suculenta paella que al día siguiente serviría a toda la familia, acostumbrada todos los años a reunirse en este lugar tan estratégico como hermoso, para contemplar los días del solsticio, uno de los motivos de la fiesta. El abuelo no cabía en la euforia que irradiaba. Sudoroso y con las mejillas encendidas, traía hacia la playa su caja de herramientas y materiales para terminar de confeccionar los ninots con una rara alegoría diabólica que debía arder cuando en la torre de la iglesia sonaran los doce campanazos llegada la media noche. Así se cumplía todos los años desde que José del Cristo puede recordar. Eran las cinco de la tarde y el calor hacía hervir la arena de la playa, ya todo había quedado listo. Solo faltaba que llegara la tía Carmiña con su marido el tío Francisco y sus tres hijas que traían del cogote a José del Cristo. Eran hermosas, pensaba con los ojos entornados y mirada lujuriosa, soltando un profundo suspiro cada vez que las recordaba.
El fuerte olor a mariscos que despedían desde la cocina los preparativos y condimentos, indicaba que ya todo estaba listo para cocinar al día siguiente la cena, y los perros con ese aroma, ladraban tan desesperadamente que no había Dios posible para callarlos. Había movimiento de parientes con maletas que subían y se acomodaban en las diferentes habitaciones y rincones del viejo caserón que, cual madre cariñosa, se dilataba en amor para darles abrigo.
José del Cristo se multiplicaba para ayudar. También hacía parte de los colaboradores del abuelo en el levantamiento del andamiaje y preparación de la fogata y el ninot, le tocaba aportar los esfuerzos que éste ya no podía realizar, pero seguía sintiendo, y eso era de todos los años, cierto recelo cuando tenía que pintar los colorines fantasmales de aquellas raras alegorías. Y en un momento de reposo, se atrevió a preguntar:
—Abuelo, ¿por qué te gusta tanto acercarte al fuego y jugar con estas figuras tan espectrales? —Hubo unos minutos sin respuesta, solo silencio de parte de don Simón quien paralizó la actividad y se quedó mirando el horizonte sin ver nada en la playa. Lentamente dirigió su mirada a José del Cristo y con una mueca en sus labios que podía interpretarse como una sonrisa, le dijo:
—Ay hijo, si yo te contara…
—Dime abuelo, me intriga mucho.
Don Simón soltó un trozo de madera que tenía en las manos, y con mucha parsimonia levantó un pié para descansarlo sobre la caja de sus herramientas. Con calma tomó un cigarro y oliéndolo ceremoniosamente, lo encendió con el pretexto de hacer un descansito, y dijo:
—Por los años de 1.826, más o menos, no recuerdo, me contaba mi madre que estas fiestas al principio, no eran oficiales y solo algunos grupitos populares organizaban ciertos festejos con rituales en los cuales se le rendía culto al fuego. Pasaron algunos años y, cada vez, la costumbre se iba expandiendo por toda valencia y pueblos cercanos hasta llegar a Alicante. Algunos alcaldes promulgaban bandos prohibiéndolas por temor a que estas prácticas dañaran la moral y las tradiciones y costumbres religiosas de la población en su mayoría agricultores. En cierta ocasión, se llegó a rumorar que se aprovechaban de la celebración religiosa de San Juan para terminar en orgías. Hubo un señor muy prestante, de apellido Pobil, precisamente, el tatara-abuelo de tus primas, las hijas de Francisco Pobil, quien llegó a enviarle una carta al Alcalde de Alicante, solicitándole frenar estos desmanes. El alcalde firmó un comunicado con tal fin, pero no se sabe por qué no fue publicado, y el pueblo se entregó a sus fiestas profanas con el rito del fuego. Cuenta la leyenda, no me consta, que en una de estas noches de desmanes, apareció junto a la hoguera una espantosa mujer vestida con harapos sucios y el cabello alborotado; tenía el rostro maquillado como una marioneta blanca y con muchas arrugas, parecía una emigrante extranjera; se encontraba ebria y comenzó a bailar sin control. Se fue acercando mucho al fuego y en una de las vueltas del baile, una enorme llamarada, cual brazo luminoso, la envolvió consumiéndola en solo unos instantes. No quedó de ella ni las cenizas porque el viento las esparció por todo el sector quedando en el espacio solo el eco de un alarido que se metió entre el mar mientras se consumía. Todos los festejantes presenciaron tal espectáculo terrorífico, al ver levantarse de entre las llamas una bola de fuego que salió disparada hacia las nubes. Por las noches, devolvía el eco de aquel grito con la brisa entre sus olas. Fue cuando la población reaccionó acabando con los desórdenes de las fogatas y acatando la reglamentación que expidieron los alcaldes en la cual, sin prohibir la celebración con actividades pirotécnicas, se convertía en un espectáculo popular, tradicional y organizado. A pesar de que aún le quedaban algunos miembros del gobierno contradictorios, tuvo muchos simpatizantes amigos quienes defendieron sus valores históricos y culturales con diferentes armas, gracias a una fina pluma, con lo cual, se fue haciendo cada día más famoso y atractivo no solamente para que los turistas disfrutaran de la fiesta, sino a dejar mucho dinero que se convirtió en progreso. Y en todo lo que tú estás aprovechando.
¿Que por qué siempre elaboro ninots aquí con algo fantasmagórico? Porque mientras otros queman malas épocas, personajes de la política y demás, yo quemo el recuerdo y las malas energías que pudo dejar esa aparición para que jamás regrese a Alicante.
José del Cristo quedó mudo y en suspenso por un instante después de este dantesco relato, pero el miedo se apoderó de su mente como una obsesión a partir de ese momento.
A la mañana siguiente, ya despejado y tratando de olvidar el recuerdo de la historia, inició su plan trazado y reforzado desde hacía mucho tiempo con el sueño de invitar a las primas a la playa. En compañía de algunos de sus amigos, se reunieron para prepararse a celebrar las festividades uniéndose a quienes apoyaban a una hermosa niña que habían elegido como reina de la belleza de los festejos del barrio, hasta que llegó la noche.
José del Cristo tenía acelerado el tic nervioso que le hacía guiñar un ojo intermitentemente. Después de comer toda la familia, de aquella abundante y deliciosa paella, acompañada con algunas copas de vino, salieron al paseo y a la playa colmada de turistas y de vecinos del barrio, que con varias botellas en las manos brindaban generosamente toda clase de licores. José del Cristo, eufórico, sintiéndose ya un hombre hecho y derecho, no se perdía de ninguno. Con los ojos ya nublados y próximo a aplicar el plan B programado, en donde orgullosamente iba a demostrar que ya era un varón lleno de fogosos ademanes viriles , y la mira puesta en la mayor de sus primas, volvió su vista a la hoguera y a aquella figura grotesca que le pareció lo miraba fijamente a él. Se tomó otros tragos de diferentes licores mirando de reojo a la figura que cada vez le hacía un gesto nuevo, hasta que le guiñó un ojo...! Se olvidó de las primas y de la familia, y ya con los ojos enrojecidos y fijos en el bendito ninot, se embriagaba como un loco. Había consumido tanto alcohol, que descontrolado hacia piruetas junto a las llamas, gritaba y se contorsionaba pretendiendo bailar con las diferentes mujeres que asistían al festejo, hasta que cayó sudoroso revolcándose en la arena. Se dejó obsesionar por su fantasía hasta que en estado de postración, continuó sentado muy cerca de la hoguera observando fijamente las figuras que le hacían las llamas. De repente, hubo algo como una explosión. Con los ojos casi cerrados y lleno de arena, José del Cristo alcanzó a ver una bola roja de fuego que se elevaba rápidamente hacia las nubes y un rostro que guiñándole un ojo le decía adiós.
Con los ojos desorbitados y fijos en las nubes de humo que se elevaban, José del Cristo Molina y Cifuentes entró en estado de catarsis
Luego, oscuridad y silencio.
La voz grávida y airada del abuelo lo sacó del limbo:
“¡Levántate ya, muchacho! ¡ llevas 48 horas durmiendo tu primera borrachera! ¡Basta, qué vergüenza! Se acabó la fiesta, se fue la familia y solo te dejaron saludos.”
Y José del Cristo Molina y Cifuentes se sintió un guiñapo. Además del terrible malestar de la «resaca», le dolían mucho los ojos que no podía abrir por la irritación del humo y el fuego permanente sufrido en sus retinas; sentía la vergüenza por lo sucedido desatendiendo a sus primas y demás amigos, y la rabia y frustración de haberse perdido de una oportunidad en esa hermosa noche de celebración de «Les forgueres de Sant Joan». que pudo haber sido la culminación de los voluptuosos sueños que le propiciaban sus alborotadas hormonas… Al mirarse en un espejo le atacó un fuerte dolor de cabeza y sintió que era una basura como sus famosos planes.
“Otro día será”, se dijo,” ya tuve mi primera borrachera… ya soy todo un hombre”, mientras sonreía con cara de idiota para consolarse y auto-justificar su fracaso.