miércoles, 14 de marzo de 2018

Mujeres 2018

LA CASA HABITADA
Biografías de mujeres para el 8 de marzo de 2018

Esta propuesta nace para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Para ello hemos escrito biografías de mujeres que, de una manera u otra, estuvieron ligadas a casas que las marcaron o donde dejaron su huella.


La mujer fuerte / NÚRIA BURGUILLOS

 Olga llegó al mundo en un pueblo del Sur de España un 22 de febrero de 1939. Lloró cuando los alaridos de su madre traspasaron los muros y las fronteras de la matriz y la expulsaron a un mundo inhóspito y desconocido. Sintió mucho frío y solo la bandera republicana donde la envolvieron proporcionó a la criatura un poco de calor. Escalofríos, la mortal ausencia de su madre y los aullidos de un perro flaco y feo le dieron la bienvenida a la vida.

Al cumplir los cinco años una familia adinerada del pueblo se interesó por ella y la rescataron del hospicio para que hiciera compañía a su hijita que necesitaba alguien con quien jugar. Hasta los diez años su vida transcurrió sin más sobresaltos, pero creció sin afectos, a excepción de los besos y abrazos de la pequeña niña rica. Un día de 1950 los señores le dijeron que ya no la necesitaban, que tenía que volver a la Casa de la Caridad. Ella, que ignoraba qué clase de casa era aquella, sintió muchísimo miedo. Lloró tres días y tres noches seguidas hasta que el señor se apiadó de la pequeña y la empleó en el negocio que regentaba. De esa manera Olga cambió la acogedora sala de juegos de su anterior vida por las dependencias de un hostal.

Empezó limpiando pero enseguida se convirtió en la ayudante de la cocinera. Los primeros años de su nueva etapa fueron duros, a pesar de que comía bien y dormía en un pequeño trastero con una ventana que le permitía observar el mundo real. Fuera la gente lo pasaba mal; hacía colas para pedir trabajo, para conseguir algo que llevarse a la boca y muchos vestían con harapos. Olga lo veía todo triste y de color gris. Muy pocas personas de las muchas que desfilaban por delante de sus ojos desprendían algo de luz. “El mundo es feo, tendría que ser de otro color”, pensó una mañana que una niña se paró delante de ella con un gran lazo rosa coronando su diminuta cabeza infantil. Aquel día vio la luz.

Pasaron los años sin pena ni gloria y poco a poco tomó conciencia de que la verdadera vida no estaba allí; eso provocó en ella un acceso de claustrofobia y la sensación de sentirse como en una prisión: “Algún día me iré”, pensó, sin atreverse a verbalizarlo aún. Los señores le proporcionaron una mínima educación, la estrictamente necesaria para defenderse en el negocio, y así fue como aprendió a leer y a escribir. Por lo demás, aquella vida sin luz transcurría sin grandes alegrías. 

Cuando faltaba un año para su mayoría de edad, alguien olvidó una libreta en la mesa del hostal. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar...”.  Esos versos manuscritos se impregnaron en su piel y fue incapaz de abandonar la lectura hasta devorar todo lo allí escrito. “Para Antonio Machado, poeta fallecido el 22 de febrero de 1939 en Collioure, pequeña localidad fronteriza francesa”, así acababa la narración. Olga sufrió un impacto brutal al saber que un gran poeta español murió el mismo día que ella nació. Durante días esperó con impaciencia que el dueño del cuaderno apareciera, necesitaba conocerlo, hacerle preguntas, saber más, pero eso no sucedió.

Al cumplir los veintiuno, metió cuatro cosas en una maleta y partió para siempre en busca de su destino. Tomó un tren hasta Valencia, otro hacia Barcelona y otro hasta la frontera. Desde allí se dirigió a Perpiñán y luego a Collioure, donde llegó cansada y asustada cinco días después. La estación de ferrocarril se encontraba en la parte alta de la localidad pero ella sabía que el cementerio estaba al lado del mar. No fue difícil localizarlo. A la entrada, una lápida cubierta de banderas republicanas evocó un lejano momento de su niñez, despertando en ella una tormenta de emociones y una corriente de sentimientos con el Poeta que condicionaría el resto de su vida.

En su cincuenta cumpleaños, Olga tomaba café crème en la mesa de la cocina, acompañada de un hombre mayor: “Al salir del cementerio pregunté a la primera mujer que encontré si sabía de algún sitio donde dormir. Por fortuna para mí, chapurreaba el castellano y me ofreció cama y comida en su propia casa: esta casa. Era su manera de apoyar a los españoles republicanos que visitaban a Don Antonio. Tras varios días de confidencias, de risas y de tristezas, Aimée me ofreció que me quedara con ella. Y así fue: me atrapó Machado, me atrapó Aimée, me atrapó esta casa y me atrapó la luz de Collioure. Sin darnos cuenta nos convertimos en madre e hija. Trabajamos juntas para sobrevivir y convertimos este lugar en hospedaje para viajeros con pocos recursos y cuando ella murió, me pidió que siguiera aquí. Entre las dos convertimos este lugar en un refugio. Juntas reformamos esta cocina y pintamos lo pintamos todo de rosa, nos gustaba mucho la luz.  Ahora mis hijas quieren darle otro color pero yo les he dicho que tendrán que pasar por encima de mi cadáver”.

—Así debe ser hija mía, me gustas, tienes el mismo carácter que yo.
—¿Por qué no viniste antes, papá? De niña siempre tuve la esperanza de que alguien me buscaría.

—Estuve preso treinta años. Cuando tu madre murió, nadie supo dónde encontrarme y perdí el contacto con el exterior. No tenía familia en España, solo a ella y a ti. Al regresar al pueblo cuando me liberaron no supieron decirme dónde buscarte, pero me quedé allí con la esperanza de recuperarte algún día. Cuando vi a Olguita  tuve la certeza de haberlo logrado; ha heredado la belleza soviética de mi madre, y se llamaba como ella y como tú. No sé si sabes que fuiste la primera niña del pueblo con nombre ruso y con un significado muy especial: lo sublime, lo invulnerable, lo inmortal, la fortaleza.

 

 

Por amor al arte / ALBA EVA GÓMEZ

 Los días grises habían terminado. Estaba muy feliz con la noticia que le dio la nona. Ya había tenido bastante con estar cinco años postrada en una cama. Ahora tendría que vivir. Y para eso le sobraban planes.

Elisabeta Monti pertenecía a una antigua familia genovesa, granjeros, desde varias generaciones. Nació en la casa familiar, la misma en la que vivió hasta ahora, una madrugada gélida, el diez de marzo del 1960. Eran nueve hermanos, cuatro mayores y tres menores que ella. Tres de sus hermanos habían emigrado, y volvían a visitarla, ya que ella vivía sola con su abuela, luego de la trágica muerte de sus padres.

Era una mujer de mucho carácter. Por eso aún estaba soltera. En su tierra tener cuarenta años y ser soltera es casi trágico. Pero ella se sentía cómoda. Se negaba a ser la típica ama de casa a quien se le controla todo, y de quien se espera una larga prole.Por eso rompió con Radu, un rumano que conoció en un restaurante local y del cual el era el gerente.
Dos años que fueron muy hermosos y apasionados, pero que le iban recortando con buen pulso los proyectos que ella tenía.

—Puedes trabajar amore—le decía Radu sabiendo que ella no lo necesitaba, pues tenía un patrimonio importante heredado de sus padres y su abuela era una mujer rica.

Ella quería otra cosa. Lo que no pudo ser. Soñaba con ver aquella enorme y vieja casa convertida en escuela de arte. Cerraba sus ojos y podía ver las jóvenes bailarinas con sus bellos trajes moviéndose grácilmente al son de la música. O podía oír las notas apuradas de los ejercicios de piano. O escuchar el ruido del lienzo siendo herido por un pincel.


No había lugar para horas de parto ni colegios de paga ni cumpleaños infantiles. Ni vacaciones en la nieve, ni discusiones inútiles para planear dónde pasar año nuevo. Elisabeta pelearía hasta el último aliento contra ese maldito cáncer por cumplir su deseo. A costa de estar sola.

Sus hermanos llegaron la tarde del dos de mayo. Una tarde ardiente y seca.
La casa estaba silenciosa. La nonna dormitaba en la salita de estar. La abrazaron con ternura y la anciana mujer pareció desarmarse.


—Ya duerme, dijo mientras una lágrima delgada se deslizaba por la huesuda mejilla.



 

 

La Granja / MIMI JULIAO VARGAS

Hoy es viernes, no hace sol a pesar de que es pleno verano y la tarde invita a dar un paseo. Cansada de leer una hermosa narración sobre cierta chica enferma en estado terminal que, entre otras cosas, me estaba deprimiendo mucho, bajé por las escaleras auxiliares de mi casa; tomando una sombrilla por si me sorprendía algún chubasco, salí por el callejón lateral aceptando la invitación que me hacía la tarde.


Hacía frío, y el viento era fuerte y cortante. Afortunadamente llevé mis gafas para protegerme del polvo. Sin rumbo y sin proponérmelo, empecé a caminar de nuevo en línea recta, lo cual era parte de mi fatídica obsesión. Así, ya un poco cansada por el ritmo acelerado que traía, me senté en un banquito rústico que se recostaba a un viejo árbol de roble, para descansar y aprovechar su sombra.


 ¡Cuánta paz, cuánto silencio! Aquí finalizaba la calle y comenzaba un sendero angosto que conducía a La Granja, aquellas antiguas ruinas de la edificación campestre que se transformaba, ante mis ojos cansados, en una amorfa figura dantesca y amenazante, y mi insólito cerebro reaccionaba fuera de control, lleno de fantasiosas figuras macabras de las cuales no podía sustraerme por más de que me esforzaba en hacerlo. Cargaba en mi subconsciente una fijación que se manifestaba como una paranoia constante. El descanso que pretendía disfrutar se transformaba siempre en la misma crispación nerviosa tratando de vencer mi pesadilla.

…Vivíamos los terribles años de tanta violencia en el país y yo era una jovencita, hija de los propietarios de La Granja, una acaudalada familia, herederos de antiguos latifundios por esos lugares, que disfrutábamos de todos los beneficios y comodidades de la hermosa hacienda. Siendo mis padres seres muy creyentes, no reaccionaron al notar que sus trabajadores iban paulatinamente levantando sus viviendas alrededor de la granja.
Por el contrario, mi madre se dedicaba a hacer labores sociales con las familias que ya eran numerosas. Murió mi padre y mi madre continuó viviendo en La Granja en compañía de la servidumbre ya que mi hermano mayor y yo partimos hacia la capital a seguir nuestros estudios universitarios.

La llamada telefónica a media noche me congeló la sangre. Intuía, desde hacía algunos meses, que la mala hora y la desgracia nos acechaban muy de cerca. La voz entrecortada gritaba por el teléfono, reclamando nuestra presencia en La Granja. Después de sufrir aquel primer impacto tan violento, vinieron desencadenándose muchos más. En el último recodo del camino aproximándonos a la granja, observábamos el cielo rojo con humo y el corazón me palpitaba tan fuerte que me faltaba aire. Pensé que no tendría valor para encarar tanto dolor. El pueblo, que ya estaba plenamente organizado y constituido legalmente por el gobierno local, ardía casi en su totalidad.


 “¡MADRE!”, fue el gemido que alcancé a emitir. Pero ella estaba viva y al frente de unas cuantas voluntarias atendiendo a los sobrevivientes de aquella infernal masacre. Humildes labriegos, víctimas de la avaricia de unos cuantos narcotraficantes, necesitaban las tierras que se encontraban ubicadas en la ruta diseñada para sacar la droga del país.

Unida al grupo de salvamento, improvisamos en La Granja un puesto de primeros auxilios a los heridos, mientras las ambulancias los trasladaban a los hospitales cercanos. Permanecí con mi madre, ya muy anciana, en La Granja, hasta sus últimos días. La soledad comenzó a hacer estragos en mi alma, y el encierro en aquellos altos muros carcomidos por el tiempo y el verdín, me convirtieron en una mujer muerta en vida.

¿Amor? ¿Qué podía guardar de mis ilusiones si fueron destrozadas la noche en que nuevamente incursionaron en el pueblo los mismos canallas, masacrando campesinos, y violando salvajemente a mujeres y niñas, y entre ellas a mí? Me convertí en una sombra fantasmal habitante de las ruinas, acompañando a las demás fuerzas espectrales que surgían de la nada en las noches oscuras, cuando entraban a guarecerse del frio o la lluvia bandadas de palomas y búhos, frecuentes inquilinos del ático.

De allí y en estas circunstancias me rescataron mi hermano y el párroco del pueblo. A ellos les debo mi vida. Aquí me quedé, pero actualmente sirvo como maestra en la escuela parroquial. Siento la necesidad de escribir, y eso estoy haciendo. Pronto sacaré a la luz pública un libro con las memorias de una loca.

Decidí regresar antes de que anocheciera, porque los ruidos y movimientos que hacían los nuevos habitantes de esas ruinas, iban a crispar aún más mis nervios ya alterados por la lectura que dejé en casa, cuando salí a buscar un descanso espiritual.

 

 

Rosario / JUANI MO

Era un día de octubre de 1912 cuando Rosario vino al mundo en una casa de campo, cerca del pueblo. Su madre, Concha, era una mujer muy enamorada de su padre, Manuel. El matrimonio tuvo además de Rosario tres hijos más. Rosario vivió una niñez feliz entre olivos y frutales del campo de sus padres, donde tenían una casita, muy rústica, sin apenas nada. Cuatro camas, una mesa con unas sillas y un fogón con un anafre donde guisar los potajes y pucheros, algunos cacharros y platos, un palanganero con un jarro y un pequeño espejo, una cómoda, un aparador y un ropero. Como casi todas las de aquel tiempo.
Pronto conoció el amor; puso sus ojos en un joven venido al pueblo con planta de galán. Rosario apenas tenía catorce años y Manuel diecisiete.
Su ventana se abría de noche para su amado la saltara y durmiera junto a ella. Tuvieron un hijo siendo muy jóvenes. Y hasta pasados siete años no se casaron. Llegaron dos hijos más. Rosario amaba locamente a su marido que se llamaba como su padre. Cuando nació su última hija, estalló la guerra en su país: España. Vivían en una choza de campo. Manuel luchó en el bando Republicano, tenía carnet del Partido Comunista.Cuando la guerra terminó Manuel fue declarado prófugo delincuente por ser comunista y por haber luchado en el bando perdedor. Su familia pasó a ser represaliada como familia de rojos.

Rosario pasó a vivir a la casa de sus padres en el pueblo. Con tres pequeñas criaturas y sin medios, la vida en el campo se le hizo muy difícil. Manuel fue condenado a morir fusilado, lo detuvieron en una de las visitas que realizó a su casa para ver a su mujer y a sus hijos. Lo llevaron en tren para, junto a otros presos, pasarlo por las balas en las paredes de un cementerio. Manuel, en un descuido de los vigilantes, se tiró del tren en marcha y, aunque perdió dos dedos y casi se mata del golpe, sobrevivió y llegó de nuevo hasta la casa donde Rosario lo esperaba desesperadamente.


Rosario pasó años llenos de angustia y necesidad y tuvo que recurrir a ventas de extra-perlo, en época de racionamiento de los alimentos más básicos como el pan o el azúcar. Se arriesgaba cada día a que la llevaran al cuartel y le quitaran los alimentos que revendía para sacar algunas pesetas y poder salir adelante con sus tres hijos. Sus padres habían perdido su finca debido a la afición del padre al vino y a los juegos de cartas en la taberna. Un día se jugó la finca y la perdió. Tenían una casa grande en un buen barrio del pueblo y en ella vivían todos sus hijos con sus parejas y sus descendientes. Llegaron a vivir en ella cuatro familias más los abuelos. La abuela Concha falleció pronto de una enfermedad que la dejó incapacitada para moverse. El abuelo Manuel lloró mucho por ella, ¡la quería tanto!

Manuel quedó en casa con Rosario, los demás hijos se mudaron con el tiempo a otras viviendas. Rosario vivió la posguerra entre la miseria y el miedo de que la descubrieran ocultando a su marido. Él pasó mucho tiempo en La Sierra, huido de los Civiles y represores del Régimen.  A veces, aparecía por casa donde Rosario lo escondía en un pequeño zulo que habían excavado debajo de la cama. Rosario tapaba el hueco de salida con la canasta de mimbre de la ropa para coser.

Contaba Rosario que estuvo año y medio metiéndose en el zulo, cada vez que alguien llamaba a la puerta, y sin salir de la casa. Un día, la Guardia Civil entró a la vivienda sin que a Manuel le diera tiempo de esconderse. Velozmente se metió detrás de las cortinillas del comedor, como no llegaban al suelo le quedaron los zapatos al descubierto. Rosario no podía respirar, mientras respondía al guardia que no había visto a su marido hacía mucho tiempo. El guardia rápidamente dijo al compañero que allí no había nadie, que se marchaban. Siempre agradeció aquel gesto, porque días después, éste le confesó a Rosario que había visto los zapatos.


Rosario, llorando, se abrazó a Manuel en cuanto salieron los guardias.
Pasados unos meses cogieron a Manuel y lo encarcelaron. Esperaba su fusilamiento, y volvió a escaparse. Se subió a un árbol que había en la puerta del penal, y allí pasó tres días y tres noches sin comer, ni beber, ni casi dormir. Bajó del árbol de noche y pudo llegar al pueblo. Rosario al verlo no pudo dejar de dar un grito. Manuel y Rosario vivieron entre persecuciones y sustos durante décadas. Manuel enfermó de cuerpo y de mente, tras los episodios de torturas y miedos vividos.


 Los hijos se casaron y dieron a Rosario y a Manuel muchos nietos. Vivieron años felices con ellos. Rosario se volvió una mujer de hierro, ajena al miedo y al riesgo. Realizaba las acciones más inverosímiles con los animales que tenía en su corral. Lo mismo ordeñaba a la cabra, ayudaba a parir a la yegua o cortaba el pescuezo al pollo para hacer la sopa el día de año nuevo. Nunca visitó la iglesia ni se maquilló. Su cabello negro se recogía en un moño bajo, la cara siempre despejada, dispuesta para la acción, la huida, el trabajo y la lucha. Tuvo Rosario dos abortos, uno de mellizos y otro de una niña. Nada de cuidados ni de médicos. Tenía un genio alegre y no conocía el sentimiento del ridículo, nunca se sintió avergonzada ni se detuvo ante un problema o dificultad. Siempre, por muy duros que fueron los tiempos, salió adelante con su ingenio para buscarse la vida. Sus hijos tuvieron una infancia muy difícil. Los tres enfermaron pronto. Salió adelante con todos, sin ninguna ayuda y señalada en el pueblo como “mujer de rojo”. Un gran inconveniente en la dictadura. Ella decía, que no era ningún delito ser de izquierdas.

La estancia principal de su casa  durante toda la dictadura la presidía un cuadro con la imagen de una mujer vestida con la bandera de la República. Y nunca lo quitó. Rosario realizó todo tipo de trabajos y rifas. Sus hijos y ella tenían que sobrevivir. Al final de sus vidas vivieron juntos hasta que un día Manuel se sintió muy enfermo y se quitó la vida.


Rosario enfermó cuando apenas cumplía cincuenta años. Un cáncer la carcomió durante años. Había aprendido a realizar asientos artesanos de sillas y se ganaba algunas pesetas con ello a la vez que ocupaba su tiempo. Pero nunca se rindió. Antes de morir cobró la pequeña jubilación y se mantuvo en su casa hasta el final de sus días. Dejó en su recuerdo una vida llena de superación y de valor que sus descendientes nunca olvidaron. Falleció en 1988.


 

 
 
 
 
Muy pronto publicaremos más biografías de mujeres en esta entrada 

martes, 11 de octubre de 2016

Perlas en la Charca, en la 13ª Feria del Libro de Cipolletti

Presentación de Perlas en la XIII Feria del libro de Cipolletti, Río Negro, Argentina
6 de octubre de 2016.

Fue, sencillamente, HERMOSO.

En la jornada estuvieron presentes tres narradoras orales -LAS DESPEGADAS DEL TEXTO-, el grupo municipal de Teatro -CEMUD- teatral del Municipio, AMELIA LACUENTEGUI, una cuenta cuentoscon una amplísima trayectoria en la provincia y ROMINA FRATARELLI, cantante, actriz y directora de teatro que nos acompañó con un tema musical cantado a capela.

Comenzó con la representación de INMUTABLE, de Felipe Grisolía; siguió la lectura de PENSAMIENTOS PECAMINOSOS, de Laura Valdez en la voz de Amelia y el público estalló en carcajadas. Luego cantó ROMINA FRATARELLI, al terminar la canción irrumpieron las narradoras haciendo el canon del micro de Cortázar (Amor 77):

"Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son."


Eso estuvo genial porque salieron desde el público y nadie entendía nada. Ya en el escenario Lorena Mattiti narró ALÉRGICA de Netty del Valle; Mercedes Hafford narró EL ESPEJO EMPAÑADO, de Liliana Ebner y Gabriela Nemiña narró INSPIRACIONES, de Laura Valdez.

Al irse comenzó a sonar una melodía de pajaritos y se proyectó un pequeño vídeo con bosques, duendes y hadas. Allí subieron al escenario un duende y un hada que interpretaron LA OTRA HISTORIA. Me tocó hacer la voz en off... FUE BELLO... 


Por último, subimos al escenario Lorena Mattiti y quien les habla; ella fue quien realizó la entrevista y hablamos un poco de la historia de la charca y de cómo se hizo Perlas y FIN... 


El público llenó la sala y todo fue, de verdad, hermoso. La gente se acercó a sacarse fotos con los artistas disfrazados y con la autora presente (yo).


Ahora, VILLA REGINA, en su primera Feria del Libro, nos espera. 















Laura Valdez


martes, 30 de agosto de 2016

RECUERDOS DE LES FOGUES DE SAINT JOAN, Juan Cristóbal Espinosa Hudtler


En todas las celebraciones oficiales, en las reuniones de familia y, casi en cualquier fiesta, el abuelo aprovechaba para contar su primer y último viaje a Europa. Fue en Madrid—decía con voz ilusionada— donde conocí a Mario. Gracias a él, pude presenciar una de las fiestas más bonitas que he visto nunca. Yo era por aquel entonces un modesto mecánico y como me había casado muy joven ya tenía a mis vástagos y mi obligación era la de mantener a mi familia. Me dedicaba a hacer troqueles en mi tiempo libre y era un maestro manejando el torno y la fresadora, así que, en la fábrica de baleros o cojinetes, como se llaman en realidad, el ingeniero Fuentes me hizo la proposición:
“Véngase con nosotros a España, don Alberto. Necesitamos que nos diga si los trabajadores podrían usar la maquinaria que queremos comprar en Europa”.
 No necesitaron rogarme mucho porque en cuanto se lo comenté a Laura, mi esposa, ella se puso contentísima y me dijo que le trajera un abrigo de mink para presumírselo a las vecinas. Salimos de México en la última semana de mayo, llegamos directamente a Madrid y el primer día, nada más bajarnos del avión, en lugar de ir al hotel nos llevaron a los toros y no me lo va a creer, pero llegamos a lo que después llamaron “La corrida del siglo”. La verdad, yo no sé mucho de toros y no me imagino por qué se les hizo tanta publicidad a los matadores esos. Bueno, a lo que iba, resulta que al día siguiente nos llevaron a la empresa para ver las máquinas.
A mí me gustó mucho que todo estuviera en sistema decimal porque en México sólo teníamos las mentadas pulgadas del sistema inglés, que las usábamos como jugando a las matemáticas, a los famosos quebrados, ya sabe, que, si media aquí, tres cuartos allá, un octavo por acá, en fin. Les hice unas tuercas, unos tornillos sin fin, unos árboles de levas y unos martillitos con los fierros viejos que estaban tirados por ahí.  Todos quedaron muy contentos y el empresario Don Ramiro le dijo al ingeniero Fuentes que me ascendiera nada más llegar a la fábrica porque, como decía, gracias a mí iban a hacer un negociazo. Y en realidad así fue, esos tornos y fresas deben seguir en uso hasta la fecha. Los siguientes días estuvimos paseando y como nos habían pagado los viáticos por un mes, pues aprovechamos para visitar muchos lugares famosos como El Prado, la rotonda del hotel Palace y El jardín del retiro. Probamos toda la comida que pudimos y, a la semana, ya no podíamos estar sin comer chile, ya sabe cómo somos nosotros, que sin picante no nos sabe la comida a nada. Al final, hasta eso nos consiguieron, nos trajeron de no sé dónde, unas salsas de habanero que nos picaban más, allá del otro lado del charco, que aquí en nuestra tierra.
Visitamos Toledo, sacamos un montón de fotos y, un día, sería la segunda semana de junio, don Mariano nos dijo que se iba a su tierra a las fiestas de Les fogues de Sant Joan y que si lo queríamos acompañar con todo gusto nos llevaba. Don Ramiro se quedó en Madrid porque sus nuevos socios lo habían invitado a Barcelona. El ingeniero Fuentes y yo nos fuimos a Alicante con Don Mariano que nos presentó a Mario su primo. De este Mario es precisamente del que les empecé a contar, pero como yo soy muy dicharachero, me van ustedes a perdonar, le he dado muchas vueltas para llegar hasta aquí. Pues, él, era muy joven, tenía una mirada muy viva y le encontramos un parecido con un cantante muy famoso y por eso le pusimos el apodo de Palito Ortega.
“Mi abuelo siempre bromeaba y trataba de hacer reír a la gente, aunque tenía sus ataques de mal humor, por lo regular, intentaba comprender a las personas o aclarar las situaciones y usaba su sentido común para enderezar las cosas. Después de su fallecimiento encontramos una pequeña caja de cartón donde guardaba con mucho celo algunos recuerdos de su viaje a España, es que en un compartimiento secreto que había hecho en el fondo, había tres cartas de una mujer de apellido Villanueva, Estela López Villanueva que era la hermana de Mario y había tenido un romance con mi abuelo. Al parecer, según las deducciones de mi padre, quien fue el que las descubrió, cuando mi abuelo llegó a Alicante en vísperas de la fiesta de las hogueras de San Juan, fue a comer a casa de la familia López y conoció a Estela. Mi abuelo se refería a ella como a una mujer con una voz muy bonita, finita y con buen carácter.
En la foto y en las cartas, dos escritas en Alicante y una recibida en México por correo, se ve claramente que Estela era completamente diferente de como la describía el abuelo, pues no era finita ni tenía la cara dulce e infantil, al contrario, era una mujer con un cuerpo muy fértil, atractiva y con un halo de mujer fatal que seguramente volvió loco al abuelo, pues siempre se había caracterizado por ser un seductor, sujetado sólo por las riendas del matrimonio, pero era por todos conocido el efecto que causaba su amable voz y su bigote de revolucionario en las mujeres. Pues, creemos que al contar tan lentamente su participación en la fiesta de las hogueras de San Juan, lo único que hacía era rememorar los momentos en que tuvo su relación con Estela y el brillo de nostalgia que todos veíamos en sus ojos, no era más que las caricias de aquellas manos y los apasionados besos que se dieron”.
Pues, Palito Ortega nos llevó a su casa y ahí nos recibieron con una comida deliciosa, habían preparado una paella con mariscos y una jarra enorme de sangría. El ingeniero Fuentes me había invitado una vez a un restaurante español en el centro histórico en el D.F y, por eso, dijo que ya teníamos la oportunidad de comparar las famosas paellas y las sangrías del restaurante La Valenciana con una de verdad. Se la pasó toda la tarde alabando la comida, hizo sus acostumbradas bromas y por la noche nos llevaron a un hostal muy antiguo que nos recordó a la ciudad de Guanajuato. Pasamos una noche muy tranquila, pero al día siguiente llegaron por nosotros Mario y Estela para ir a la inauguración de las hogueras de San Juan. Estelita había sido una finalista en la elección de la Bellea del Fogue hacía dos años y dijo que en esas fiestas y, por tratarse de nosotros, se pondría su vestido e iría a la inauguración con su ropa de festejo. La cosa empezaba en la noche con la presentación de unas estatuas enormes de un material de yeso y madera, Mario me dijo que las quemaban y que se presentaban dos ejemplares: una grande y su reproducción en pequeño. También, me aclararon que había un museo donde se conservaban las estatuas ganadoras. Ese día y los siguientes anduve todo el tiempo con Estelita que me había prometido contarme, de pe a pa, toda la tradición. Gracias a ella pude probar las cocas saladas que era como botanas o remedos de pizza o simplemente chiles dulces con embutidos y otras cosas que no les describo para que no se les haga la boca agua.
 Con mis anfitriones pasé unos días muy alegres e interesantes. Pude ver la plantá con toda esa gente trabajando para colocar las enormes figuras de personajes de todo tipo que parecían de verdad, vi con mis propios ojos, perdón por la redundancia, a los labradores y sus compañeras, además a las damas de gala que iban re-que-te arregladas y parecían sacadas de las películas de Sarita Montiel, luego acompañé a Mario y su hermana a hacer la ofrenda de flores a la Virgen del Remedio, que es la patrona de Alicante, más o menos como nuestra Virgen de Guadalupe, después fuimos a la entrega de los premios y aplaudimos cada vez que anunciaban una categoría y el puesto que había ocupado la hoguera. Mario tenía unos amigos que habían hecho una de esas estatuas, pero no ganaron nada, y, ya para terminar presenciamos los cohetazos o chupinazos esos que casi nos reventaron los oídos y la cremá, o sea, la cremación o quema. Daba un poco de lástima ver cómo se consumían con el fuego esas obras de arte, pero la gente estaba feliz y el ingeniero Fuentes y yo también, pues nunca habíamos visto nada parecido. Luego ya volvimos a la capital, a las actividades, y si alguien me pregunta si le traje el abrigo de mink a mi mujer, pues tendré que confesar que no lo pude conseguir por andar en la fiesta, pero traje un montón de dulces y recuerdos que a todo mundo le encantaron.
“Así contaba su viaje el abuelo y se lo sabía de memoria, en ocasiones le fallaban algunos detalles, sobre todo los últimos años, pero de las mil veces que lo habrá narrado, se podría decir que lo había hecho de esa manera. ¿Cómo volvió de España el abuelo? —le preguntábamos a la abuela y ella nos respondía que se había transformado por completo, que era como si se hubiera ido un hombre y hubiera vuelto otro, pero que la gente sólo notaba un nuevo brillo en sus ojos. En ocasiones, el abuelo Alberto se encerraba durante una hora en su habitación y pedía que no lo molestaran. Podía acabarse el mundo y él no salía, aunque eso le costara la misma vida. Creo que las siguientes líneas de las cartas que recibió podrían explicar mejor la causa de su encierro, y la pena que comenzó a marchitar el alma de la abuela Laura. Cuando los veíamos juntos, teníamos la impresión de que seguían amándose como siempre —dice mi padre—, pero en realidad la abuela llevaba una pena terrible por dentro, al final ese dolor la mató y falleció antes que el abuelo. Dejo aquí el contenido de las cartas de Estela para que puedan hacer conjeturas”.
Primera carta.
Querido Alberto:
Me ha causado una fuerte impresión lo que me dices en tu carta. Tu declaración me hace muy feliz porque tú también me robaste el corazón desde que te vi llegar con mi hermano. Lo que dices de mí me agrada y yo también tengo ganas de estrecharte en mis brazos. No te preocupes por tu situación, entiendo perfectamente que lo nuestro es imposible, pero si has oído esa frase:
 “Hay razones del corazón que la razón no entiende”.
Y es lo que me pasa a mí, sabrás que, aunque lo nuestro sea breve, durará por siempre. Sé que es un poco cursi decirlo, pero es lo que siento. Anoche antes de irte, cuando estabas despidiéndote de mí y me apretaste la mano, sentí que me ibas a llevar contigo. No quería resistirme y fue por eso que di un paso sin quererlo. Tú te reíste mucho, pero el ingeniero Fuentes llevaba prisa, así que nadie notó el desliz. Mañana cuando vayamos a las barracas podremos conversar con más libertad. Espero que llegue el día de mañana.
Segunda carta.
Amor mío:
La experiencia de ayer fue increíble, nunca me imaginé que un hombre pudiera ser tan tierno con una mujer. No pude dormir por estar pensando en ese encuentro tan bello. Me estremezco al recordar tus caricias y creo que me será muy difícil aceptar tu partida. Como me dijiste ayer, tu estancia en Alicante se termina porque pasado mañana vuelves a México. Me gustaría irme contigo a Madrid y luego al fin del mundo, sin embargo, es imposible. Nunca podré olvidarte y creo que podría esperarte lo que fuera necesario. Sé que, para ti, tu familia es todo y que la distancia nos hará olvidar lo que sucedió, pero me gustaría que fuera posible lo imposible. Que pudiéramos estar juntos y quedarnos uno al lado del otro para siempre. No sabes cómo me duele esta despedida. No sé si podré mantenerme firme cuando nos despidamos mañana, Será la prueba más dura de mi vida. Te amo.
Tercera carta.

Querido Alberto:
Han pasado seis meses desde que te fuiste a tu país y quiero que sepas que ha sido un infierno vivir sin ti, es por eso y, para evitar que te divorcies, que te envió dos cosas con la presente misiva. La primera es una fotografía mía para que revivas el momento de nuestra unión, estoy con el traje que te gusta tanto con esos rollos de encaje en la cabeza, como me decías después de que hicimos el amor. Tu fotografía me encanta, te ves muy guapo con tu mono de color azul, con esas mangas arremangadas y tu enorme torno en pleno funcionamiento, me vuelve loca la expresión de alegría que muestras al ser sorprendido por la lente, me recuerda tu cara cuando te pregunté qué harías si yo fuera tu esposa. La segunda cosa es menos alegre. Te comunico que pienso casarme. He conocido a un chico que es abogado, es muy amable y trabaja mucho, no se parece nada a ti, por eso creo que podré vivir con él sin olvidarte. Siento mucho que el destino nos haya puesto tan lejos al uno del otro, pero quiero que sepas que, a pesar de la distancia nuestros corazones estarán unidos hasta el final.
Siempre tuya, Estela.
El abuelo siempre quiso regresar a España, nunca reunió el dinero suficiente para el viaje y cayó con regularidad en sus lapsos de adormilamiento y de mal humor. Tal vez, quisiera regresar para ver a Estela y pedirle que dejara a su marido y que se escapara con él. Quizás no pudo soportar el silencio que le creó infinidad de dudas sobre el destino de su amada y comenzó su lucha para no perder el juicio. Podríamos hacer muchas hipótesis, pero la verdad es que siempre se mantuvo firme aparentando y encubriendo su dolor, gracias al constante recuerdo de su unión con Estela, quién le cambió la vida por completo y lo acompañó hasta el último día porque sus palabras al morir fueron:
“Estela, muéstrame Les fogues de Sant Joan”.


viernes, 26 de agosto de 2016

AMOR EN LES FESTES DE SANT JOAN, Liliana Ebner


Muchos años pasaron desde que, con el entusiasmo de la juventud, decidió hacer un largo viaje, que la depositó frente al Mediterráneo, en la bella ciudad de Alicante, para celebrar allí la presentación de un nuevo libro y, festejar las <<Fogueres de Sant Joan>>. En ese lugar, casualmente se enamoró por primera vez de un dulce muchacho de mirada pícara que nunca olvidó. Fue su primer amor, fue el que delicadamente le enseñó a besar, fue el que despertó en ella sensaciones que nunca más experimentó. Pero la magia terminó, las hogueras se apagaron, y aunque ellos no lo supieran, dejaron en ambos una chispa encendida que ni el tiempo ni la distancia pudo apagar.
 Cada uno regresó a su hogar, a su vida de siempre y el tiempo pasó. La nieve de muchos inviernos cubrió sus cabellos y muchos otoños dejaron nervaduras en la antes sedosa y tersa piel.
En las noches de insomnio ella recuerda aquel encuentro y siente aún el temblor en el cuerpo al pensar en esa noche de pasión, con aquel que fue y será por siempre su único amor, aunque ambos hayan tomado caminos diferentes. Tal vez él también la recuerde. Desearía que fuera así.
El avión procedente de Argentina, previa escala, deposita a Brisa en Alicante.
Mientras recorre con el taxi el camino hacia el hotel, no deja de maravillarse con la belleza de ese lugar del que tanto ha escuchado hablar a su abuelo.
El chofer va haciendo las veces de guía turístico:
—A su izquierda señorita, tiene usté el Monte Benacantil donde no podrá dejar de visitar el Castell de Santa Bárbara.
—Maravilloso— contesta Brisa con los verdes ojos iluminados, recorriendo ese monte de aristas irregulares que le trae el recuerdo del color ocre de las mesetas patagónicas, de donde provienen sus ancestros.
—El Castillo es un símbolo de nuestra ciudad, corona la cumbre del monte.
—Ah, sí, cada lugar tiene algo especial. Donde mi abuelo pasó su niñez y adolescencia, en el sur argentino, en una ciudad costera, el ícono es un faro, él siempre lo recuerda con nostalgia. Cuando miro sus ojos, veo pasar por ellos muchos recuerdos y se le humedecen cuando me habla de ellos.
—Viene usté a  presenciar <<Les Festes de Sant Joan>>?
—Sí, sí, contesta Brisa girando la cabeza para admirar el azul profundo y maravilloso del mar.
—Es un espectáculo digno de ver, los alicantinos agradecemos la presencia de los turistas y yo espero que disfrute de una noche mágica. Quién sabe, tal vez entre el calor de las hogueras, la algarabía de la gente, las risas y cantos alegres, encuentre el amor— dijo el sonriente conductor.
—Mmm… estoy entusiasmada con las fiestas, mi abuelo me ha hablado siempre de lo alegres y coloridas que son, pero eso de encontrar el amor… no, no estoy buscando nada y no creo encontrarlo aquí.
—Nunca se sabe niña, el amor se esconde en cada recodo del camino y tal vez brote como una llamarada y se instale en su corazón.
Ambos ríen mientras a su paso desfilan las colinas que contrastan con el azul intenso del Mediterráneo.
 Brisa se hospeda en el hotel y duerme profundamente después de un viaje tan largo.
Casi del otro lado del mundo, Agustín aborda el vuelo que desde Sydney, previas escalas, lo depositará en Alicante. La primera vez que este esbelto muchacho rubio de grandes y profundos ojos claros salió de su ciudad natal, lo hizo en compañía de sus padres y abuela. Viajaron muy lejos, a ese país llamado Argentina, donde tiene parte de sus raíces y de su historia. Esta vez, emprendía un largo viaje, pero lo hacía solo, acompañado por relatos escuchados y entusiasmado por vivir esa experiencia que tantas veces la abuela le había contado.
Esa abuela lo había convencido de que participara de esos festejos espectaculares, que se remontan a tiempos pasados, donde los labradores celebraban el día más largo del año para la recolección de las cosechas y la noche más corta para la destrucción de los males. Así recuerda Agustín las historias escuchadas.
Después de casi un día viajando, llega a su destino, que lo recibe mostrándole sus montes rocosos, sus barrancos, vaguadas y sus ramblas, además de sus maravillosas playas y calas.
—Tiene razón mi abuela—, piensa Agustín mientras el bello paisaje desfila raudamente ante sus ojos, esta tierra es bellísima.
Al llegar al hotel y luego de un reconfortante baño se desploma sobre la cama hasta el siguiente día.
Todo está preparado ese 20 de junio en Alicante. Desde temprano comienza la “plantá”. Cada hoguera está siendo armada, colocada en cada barrio, para que todos puedan verlas y admirarlas antes de la “cremá”. Inmensas, coloridas, llenas de creatividad.
Los turistas y los lugareños sienten un placer especial al ver quemarse los ninots, creen que de alguna manera se desprenden de malas vibraciones, se purifican. Los muñecos tienen un aire satírico que predispone a todos al buen humor, a comentarios jocosos y a risas compartidas. Las <<Bellea del Foc>> de cada barrio, son admiradas por sus típicos y costosos vestidos y por su singular belleza.
Brisa recorre embelesada cada rincón, no puede creer la alegría que allí reina, todo está impregnado de una energía que se transmite por el aire y hace que el cuerpo dance al ritmo de la música contagiosa que ofrecen las diferentes bandas. Las “portadas” de cada barraca iluminan su rostro y dibujan una mueca de admiración al ver tanta imaginación puesta en la elaboración de las mismas, y el atractivo que ofrecen a la vista.
Agustín, repuesto del viaje, degusta una bebida tradicional en una barraca popular, denominada por los alicantinos <<paloma>> .
Son días de bullicio, de fiesta inolvidable.
Cada uno por su lado recorren la ciudad, se emocionan ante el espectáculo de la ofrenda floral a la Virgen de los Remedios y se asombran ante el estruendo que produce la <<mascletá>>.
Son cuatro jornadas intensas hasta el final, cuatro días de festividad que quedan grabados para siempre como un espectáculo increíble.
 El 24 de junio, cuando el sol comienza a esconderse, la gente se va agrupando alrededor de los ninots, esos monumentos confeccionados con cartón y madera, de características burlescas, esperando la famosa cremá que se producirá a las 12 de la noche.
Brisa y Agustín se encuentran entre esa multitud. Ella ha perdido el abrigo. Agustín tropezó con él y lo colocó en alto, para ver si aparecía la persona que lo había perdido.
—¡Es mío, es mío!— escucha a sus espaldas. Se da vuelta y ambos quedan  mirándose, y, en la profundidad de esos ojos claros, una chispa se enciende.
—¡Qué suerte que lo encontraste!—dice Brisa sonriente mientras Agustín queda petrificado ante su belleza y simpatía.
—No eres de aquí, ¿verdad?—pregunta el muchacho ya repuesto del impacto.
—No, contesta Brisa, soy argentina, pero vos tampoco sos de acá.
—No, soy australiano, pero mis abuelos y mi padre son argentinos. ¡Qué casualidad!
—¡Ah! Entonces conocerás bien mi país, habrás ido varias veces. Hablas bastante bien el castellano
— Sí, claro, he ido un par de veces, pero es un viaje demasiado largo y no hay muchas oportunidades de hacerlo. En casa hablamos mucho en español, aunque mi gramática es fatal.
—¿Cómo se te ocurrió venir a ver este espectáculo?,—pregunta Brisa mientras mira la hora en su móvil.
—Mi abuela siempre habla de las tradicionales hogueras alicantinas. Ella estuvo aquí hace muchos años y tiene recuerdos maravillosos de esta celebración. Siempre me dijo que debería verlas, aunque fuera una vez en la vida, que lo hiciera por ella.
—Otra casualidad, mi abuelo también tiene recuerdos muy hermosos de una vez que vino a presenciarlas y estaba muy feliz de que yo hubiera decidido venir.
—¿Cenaste ya?— porque yo estoy sintiendo ruidos en el estómago y ese olorcito que viene de las barracas me estimula el apetito— dice la muchacha mientras se frota el estómago.
—Buena idea, contesta Agustín. Busquemos algún lugar donde probar la coca y tomar anís con hielo.
Ambos, imbuídos de una alegría inigualable, con los rostros alegres y sonrojados por la ansiedad de esa juventud maravillosa, se sientan a degustar las típicas comidas de esas celebraciones :<<soparet alicantí>> y <<coca amb tonyina>>
Conversan sobre sus vidas, encuentran muchas coincidencias y afinidades.
Ambos son amantes de la lectura y gustan de escribir. Ella es médica y está escribiendo sobre temas pediátricos. Él, abogado, escribe sobre historia de los pueblos originarios.
Comparten el gusto por la naturaleza, por los viajes y por todo lo que tenga que ver con lo humanístico.
—Ahora que hemos saciado nuestro apetito, vayamos a ver los fuegos—dice Brisa llena de entusiasmo, tomando a un desprevenido Agustín de la mano.
Los dos corren hacia donde el gentío baila y canta y se contagian con esa música y esa alegría. Las calles desbordan de gente, las fogatas encendidas dan a la ciudad un aspecto imponente y los jóvenes se mezclan a cantar y bailar entre la multitud que colma la calle Alfonso el Sabio, donde destaca la hermosa portada de la barraca “Les Chuanos”. Allí, Brisa y Agustín, como el resto de los jóvenes, piden deseos y se detienen a mirarse con los ojos encendidos de alegría, y de algo más que iba despertando en esa inolvidable noche de junio.
—¿Sabes que si nuestros deseos son pedidos con mucha fuerza y fe se cumplirán?
—Cerremos los ojos entonces y pidamos que la vida nos permita la magia de un nuevo encuentro.
Y así, abrazados y en silencio, elevan desde lo más profundo de sus corazones ese romántico pensamiento.
El Ayuntamiento, San Blas, Benalúa, calles que recorren admirando a los ninots, abarrotadas de gente y de ruidos, y, el fuego que danza despidiendo chispas rojas, amarillas y azules, son testigos ocasionales de confidencias, de besos y caricias en esa noche que no desean que llegue a su fin.
Él la mira y tomando su cara entre las manos, deposita un suave pero apasionado beso sobre los labios de esa hermosa niña de la que ya se ha enamorado.
Brisa se sorprende, pero entrelaza sus brazos alrededor del cuello de él y responde con emoción a ese beso que le quema y le recorre el cuerpo. Se miran con algo de incredulidad por el hecho producido.
—Sentí necesidad de besarte, de decirte que tus ojos me hechizaron y que el calor de estas hogueras me impulsan a decirte, sin equivocarme, que te amo. Decirte que esperaré el tiempo necesario para que volvamos a encontrarnos, decirte que te tengo desde este momento en mi corazón para siempre—. Ella sonríe tímidamente primero y luego, una carcajada sale de su boca.
—No puedo creerte, recién nos conocemos
—Sí, es cierto, pero algo mágico despide esta candelada y me hace comprender que me enamoré perdidamente de esta maravillosa mujercita que esta noche tan especial y brillante ha puesto en mi camino
—Ella lo mira con ternura y le acaricia el rostro suavemente.
—Dejemos que el tiempo decida, no olvidemos que la distancia que nos separa es mucha.
—Es cierto, pero estoy seguro que no podré olvidarte y que la lejanía acrecentará mi amor.
Volvieron a besarse apasionadamente en esa fascinante noche, donde las hogueras que sirven para purificar y dar más fuerza y energía al sol, les transmitían el poder especial del amor.
El amanecer de un nuevo día los ubica en la realidad. Con los zapatos en la mano emprenden el regreso al hotel, después de una maravillosa noche.
El desayuno es casi silencioso. Los ojos claros de los enamorados están velados por las lágrimas y una sombra de tristeza se ve dibujada en sus rostros.
—¿Cuándo podremos volver a encontrarnos?—pregunta él con voz temblorosa.
—No lo sé… es imposible poder fijar una fecha. Estamos demasiado lejos.
—Nada es imposible si crees. Mi abuela siempre me dice eso.
—Sí, puede ser, contesta Brisa enjugándose las lágrimas que no puede contener.
Se levantan y tomados de la mano cruzan el hall del hotel. Allí, en un rincón, un gran globo terráqueo destaca entre floreados sillones.
—Vení, dice ella con una tenue sonrisa. Se acercan al adorno y Brisa continua diciendo:
—Hagamos girar el globo, cerremos los ojos y coloquemos un dedo, donde se apoye, en ese lugar nos encontraremos.
Y así lo hicieron. Al abrir los ojos, grande fue su sorpresa al ver el destino: Caribe.
Ríen los dos a la vez y se abrazan llenos de esperanza.
—Le diré a mi abuela que me acompañe, ella tiene recuerdos hermosos de algunas  paradisíacas playas. Siempre cuenta que nunca podrá olvidar un viaje en especial, con ese mar turquesa, con la luna delineando un sendero de plata y las blancas arenas hundiéndose bajo sus pies. Además, me gustaría que te conozca, estoy seguro que le vas a encantar, como ella suele decir.
—Muy buena idea Agustín. Tal vez mi abuelo me pueda acompañar. Él en su juventud también disfrutó de muchas playas y sé que el agua cálida le satisface mucho. Cuando le cuente nuestro romance también querrá conocerte, ¡porque es celoso de mí!
—Mi abuela no sé si es celosa, tal vez en algún momento de su vida lo haya sido. Pero de vos, Brisa, no tendrá celos, porque estoy seguro que pensará que sos la novia ideal.
Y diciendo esto, se besan con la fuerza del amor recién nacido, con la rabia de tener que alejarse, mezclando lo salobre de las lágrimas con la dulzura de sus labios.
Cada uno emprende el largo regreso a casa. Dos aviones dándose la espalda, dos jóvenes esperanzados con un nuevo encuentro: 5 de mayo. Casi un año deberán esperar.
Durante ese tiempo, sin duda habrá cientos de horas pasadas acariciando un teléfono como si fuera la mano del ser amado, muchos días de risas y también de llantos, pero no morirá el deseo de un nuevo encuentro, deseo que se agigantará en el tiempo y la distancia.
Ambos se duermen con una sonrisa, recordando las promesas, soñando con el mañana.

En ningún momento ninguno preguntó, el nombre de sus abuelos.